La pasividad de los ecuatorianos (A propósito de política, educación y ciudadanía)




Rosa María Torres
Para El Conejo


Este artículo lo publiqué hace mucho, en la página editorial del diario El Comercio de Quito. Me vino a la mente mientras presenciábamos, atónitos, los violentos incidentes acaecidos en el Ecuador el 30 de septiembre de 2010.

Vuelve a rondarme ahora que el país se ahoga en una imparable espiral de corrupción, entre paraísos fiscales, coimas y una amplia red de corrupción en el sector petrolero y otros sectores estratégicos que deja al descubierto a sucesivos gerentes y allegados al gobierno, plagios académicos tolerados y hasta premiados con reiteradas candidaturas a ocupar los niveles más altos de dirección del país ...

Según el Latinobarómetro 2016, 47% de los ecuatorianos consultados dice que la corrupción en el gobierno puede tolerarse en tanto y cuanto éste resuelva problemas. Solo 34% dice que hay libertad para hablar y criticar, colocando al Ecuador en el primer lugar del ránking de autocensura ciudadana a nivel latinoamericano.

La pasividad es la otra cara de la violencia y caldo de cultivo para el autoritarismo, la intolerancia, la aceptación acrítica, la corrupción, la impunidad. 

La calidad democrática de un país depende, en gran medida, de una ciudadanía madura, responsable, empoderada, que asume activa y críticamente el papel que le corresponde como co-responsable del destino de todos. Más educación por sí sola no hace el milagro. Depende de qué clase de educación, en la familia, en el sistema escolar, en los medios de comunicación, en el trabajo, en la organización social, en la participación, en la vida pública.



▸ A medida que avanza la fila empiezo a percatarme que todos esconden un billete dentro del papel membretado que hay que presentar en la ventanilla. Rápidamente, se ha corrido la voz:  para aceitar el trámite, hay que pasar "algo". Con mis vecinos de fila intento comentar el abuso, la extorsión abierta de que estamos siendo víctimas. A lo sumo, varios asienten silenciosos. Cuando propongo que nos juntemos y hagamos una denuncia formal, me encuentro de pronto rodeada de espaldas. Ya en la ventanilla, todos terminan deslizando el billete en la mano del burócrata que, impasible, recibe la coima. Llegado mi turno, me niego al arreglo, lo denuncio en voz firme, y pido hablar con el director. Todos los presentes me miran con una mezcla de estupor, vergüenza ajena y compasión. Para hacer el cuento corto, lo que a mis compañeros de fila - billete mediano de por medio - les tomó unas cuantas horas, a mí terminó tomándome tres agitadas, tormentosas semanas. Pero tuve la satisfacción del deber cumplido, de haberlo hecho por la vía legal, sin complicidad con la corrupción.

▸ A medio trayecto, el bus se detiene súbitamente en media avenida del norte de Quito. El chofer informa: "Hasta aquí nomás llegamos, señores pasajeros". Uno por uno, como siguiendo instrucciones precisas, los pasajeros empiezan a levantarse de sus asientos y a bajarse del bus. Una pareja protesta, pero no es una protesta dirigida, un derecho debidamente reclamado, sino un pataleo, un carajo lanzado al aire, una maldición genérica contra el país y el estado de cosas. Algunos se permiten especular, en voz baja, acerca de las razones: ¿se romperían los frenos?, ¿se bajaría una llanta?, ¿le detuvo un policía?, ¿le pasó algo al chofer?. Pero nadie pide información. Una señora mayor reclama la devolución del pasaje. "Ya les avanzamos bastante", responde el controlador. Nadie más parece dispuesto a reclamar, a argumentar que "bastante" no es suficiente, que cada cual pagó por llegar a un destino final. Soy la última en bajar. Por principio, por derecho básico, por solidaridad con mis compañeros de ruta, por amor a este país, no puedo dejar de reclamar oficialmente la devolución del pasaje - por pequeño que sea-  y de preguntar lo elemental: "Señor chofer, ¿puede por favor informarnos por qué detuvo el bus?".


¡Terrible mal el de la pasividad! La nuestra, la de los ecuatorianos, es renombrada. Si nuestra gente no reacciona ni puede denunciar el atraco de un extorsionador menor, ¿cómo esperar que se organice y junte fuerzas para frenar la corrupción mayor, la que atraca al país y a los recursos del pueblo?. Si nuestra gente desconoce el derecho a ser informado en las pequeñas cuestiones de la cotidianeidad, ¿cómo esperar que ejerza el derecho a la información y a la toma de decisiones en los asuntos que afectan significativamente su vida y el rumbo del país?. ¿Cómo esperar que se sacuda de los malos políticos, los malos médicos, los malos maestros, los malos patrones?.

Un pueblo temeroso de la autoridad establecida, que apenas se anima a susurrar su descontento, que está dispuesto a seguir acríticamente instrucciones, que no sabe reclamar sus derechos, que ubica mal su agresividad, descargándola a mansalva, es un pueblo carne de cañón para el engaño, la arbitrariedad, el autoritarismo, la propaganda, la manipulación, la infelicidad.

El problema de fondo es cultural y educativo. En el hogar y en la escuela, necesitamos una educación que no se preste al sojuzgamiento y que, por el contrario, libere en nuestros niños, jóvenes y adultos su dignidad y su autoestima, su espíritu crítico, su conciencia de individuos y de ciudadanos. Una educación que enseñe a conocer los propios derechos y a respetar los de los demás, a reclamar cuando y como corresponde, a razonar y argumentar, a enfrentar el racismo, el machismo, el abuso, el maltrato. En la educación, una educación crítica y emancipadora, radica nuestra salvación como pueblo y como nación.


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