Carta al nuevo Presidente

Rosa María Torres



Escribí y publiqué este texto en vísperas de las elecciones presidenciales de 1992 en el Ecuador. Volví a publicarlo en vísperas de las elecciones de 2002, con algunos retoques. Ahora lo publico, con actualizaciones, de cara a las elecciones de 2017. Pasaron 25 años desde que lo escribí; los pedidos y recomendaciones siguen siendo los mismos.


Señor(a) flamante Presidente de la República:

Hoy será usted elegido. Nadie sabe aún su nombre ni el de los que compondrán su gabinete. Nadie sabe aún - usted mismo lo ignora - lo que será capaz de hacer durante su gobierno, lo que cumplirá e incumplirá de lo prometido, lo que hará sin haberlo anunciado. Antes de que entre en la vorágine de los preparativos y del mando, permítame, como ciudadana, como madre de familia, como especialista comprometida con el cambio educativo y con la educación de este país, y como exministra de educación, hacerle algunas sugerencias para su política educativa.

▸ Ante todo, dé ejemplo de lo que propone y predica. Quiérase o no, un Presidente de la República es el primer educador o deseducador de la nación. Sus palabras y sus actos educan o deseducan a la sociedad - niños, jóvenes y adultos - y tienen más impacto sobre la educación y la cultura nacionales que la inversión y las políticas que impulse oficialmente en estos campos.

▸ Asegúrese de que la o el Ministro de Educación sea uno de los cuadros más competentes y lúcidos de su gabinete, no el que resulta de negociaciones de último momento, no el mejor dispuesto a darle la razón y seguir sus directivas. Un buen ministro(a) de educación sabe de educación, es un profesional que ha estudiado para esto. No basta con ser educador. 'Saber de educación' a este nivel macro implica conocimimiento y experiencia en el análisis y la toma de decisiones en materia de políticas educativas. ¿Acaso a alguien se le ocurre elegir como ministro de Economía a un arquitecto, un médico o un filósofo? El campo de la Educación tiene igual o mayor complejidad y nivel de responsabilidad que el de la Economía. Recuerde: en Finlandia (uno de los mejores sistemas educativos del mundo) la educación está en manos de especialistas a todos los niveles.

Un buen ministro de educación es, además, una persona culta, criteriosa y abierta a dialogar, a escuchar, a consultar, a aprender de manera permanente; un profesional con cualidades indispensables como: sentido común, inteligencia, honestidad, sensibilidad social, humildad, mística de trabajo, empatía, capacidad de negociación, compromiso con los sectores más necesitados, amor por niños y jóvenes. Un Ministro que no estudia, que no lee ni se actualiza, que desconoce la realidad nacional y se desentiende de lo que ocurre en el mundo, no tiene la fuerza ni la legitimidad para convocar a otros a estudiar, a actualizarse y superarse.


▸ Rompa con el clientelismo político, uno de tantos vicios nacionales que ha contribuido a corroer a nuestro sistema educativo. Piense en el país antes que en su partido; piense como estadista, como presidente de un pueblo, no de un partido. Destierre el nepotismo, enquistado en nuestra cultura política. Elija y exija que se elija a funcionarios, asesores, rectores, supervisores, maestros, no por su carnet político, económico o familiar, sino por sus cualidades y su idoneidad profesional. La mediocridad y la incompetencia reproducen mediocridad e incompetencia.

▸ No pierda tiempo. Millones de niños, jóvenes y adultos lo pierden en las aulas mientras sus funcionarios se acomodan, se desperezan, se enteran. Es de políticos maduros pedir información y dialogar con las autoridades salientes, antes que esperar su salida para hurgar errores y endilgar culpas. Póngase y ponga a su gente a prepararse para la gran responsabilidad que le toca asumir. No improvise ni aliente la improvisación. Es preciso informarse antes de opinar y, sobre todo, antes de actuar.

▸ No parta de cero, no niegue lo hecho con anterioridad, siguiendo la tradición de mostrar a toda costa que el o los gobiernos anteriores fueron malos, corruptos, ineficaces. Conserve lo que sirve, lo que vale la pena y no perdió vigencia; cambie lo que necesita cambiarse, lo que no puede continuarse, lo que requiere replanteamientos de fondo. Ni la inercia ni el cambio permanente son buenos consejeros.

▸ Priorice a las personas sobre las cosas. Los estudiantes y sus familias están en el centro de los esfuerzos educativos. Preste atención a los maestros, como personas y como maestros. Invierta en su calidad de vida, en su calidad humana y en su calidad docente. Págueles bien y a tiempo, escúcheles, desafíeles como profesionales, porque los maestros y maestras son los puntales de un sistema educativo fuerte. Décadas de invertir en cosas (cemento, madera, papel, tinta) no han logrado en nuestros países el despegue educativo esperado, como lo reconocen una y otra vez informes nacionales e internacionales. Las cosas, en cualquier caso, sólo se justifican en función de las personas que las aprovechan.

▸ Estimule y reconozca la labor del funcionario que cumple, del rector democrático y dinamizador cuyo trabajo es apreciado por sus colegas, del maestro que ama su tarea y está abierto al aprendizaje permanente, a la innovación y al cambio, del estudiante que se esfuerza y colabora con los demás. Nada de esto se percibe en pruebas, puntajes y rankings sino en el día a día de la actuación de todos ellos, en hechos, prácticas, actitudes, relaciones y procesos. Sancione y deshágase de los malos elementos, pero no para poner otros, de color distinto, en su lugar. Castigue el despilfarro y la corrupción y sea implacable con ellas donde las encuentre, no para sustituirlas con el sello de sus aliados, sino para eliminarlas de raíz de las estructuras educativas. Un Ministerio de Educación, en cualquier país del mundo, debe ser ejemplo de los valores y actitudes que predica el currículo escolar.

▸ Planifique, para optimizar la acción. Haga los estudios que se requieran, empezando por el primero y más importante: identificar qué es lo que se requiere, qué es lo que ya está hecho, qué falta por hacer. No permita que los programas se queden en el papel, que se confunda documentos con realizaciones, que los proyectos sustituyan a los procesos. Vigile el cumplimiento de lo programado, asegure su evaluación, exija resultados, así como la información pública y la rendición de cuentas frente a estos. Sin control, y sobre todo sin control ciudadano, las mejores intenciones degeneran.

▸ Valore y recupere lo nacional: los talentos y los valores humanos que abundan por doquier, las buenas iniciativas, los intentos creadores, las experiencias transformadoras. Confíe y atraiga, en primer lugar, a profesionales, expertos y asesores nacionales, que no solo conocen sino que aman a su país. Al mismo tiempo, superar el provincianismo que prevalece en el terreno educativo exige mirar a nuestro alrededor, aprovechar becas, incorporar bibliografía internacional, traducir la producción nacional, aprender otros idiomas y leer en ellos.

▸ No todo lo extranjero es mejor ni todo lo nacional es bueno. Malos profesionales existen dentro y fuera del país. El experto nacional puede desconocer tanto como el extranjero la realidad nacional. El experto extranjero puede tener mucho más de extranjero que de experto. No cabe importar modelos, es inútil: no se dejan importar. No cabe aceptar acríticamente las recomendaciones de los expertos y los organismos internacionales; requieren ser analizadas con criterio profesional y político, y a la luz de las necesidades específicas de cada país.

▸ Ponga el tema educativo en el centro de la agenda nacional. Pero recuerde que la educación no tiene que ver solo con el sistema educativo sino con todos esos otros sistemas en los que aprendemos todos los días: la familia, la comunidad, los medios, la participación social, el trabajo, el deporte, la política, las tecnologías, etc. Recuerde, por eso, que la educación no tiene que ver con un solo ministerio sino con todos los ministerios, y que no compete solamente al Estado sino a toda la sociedad. Involucre a todo su gabinete en la discusión sobre lo educativo, mantenga a la ciudadanía interesada e informada, promueva la consulta, el debate, con todos los sectores y actores. Estimule la colaboración entre el aparato escolar y las universidades, entre el Estado, los organismos no-gubernamentales, las organizaciones populares y los movimientos sociales. Escuche a todos: a los de su partido y a los de los demás; a la derecha, al centro y a la izquierda; a alumnos, maestros y padres de familia; a especialistas y no-especialistas. Todos tenemos algo que aportar y todos tenemos algo que aprender.

▸ En este mundo de cambio acelerado, poner al Ecuador en la senda de una democracia genuina y de un desarrollo sostenible, capaz de promover tanto la equidad como la eficiencia, fomentar el pluralismo y respetar la valiosa heterogeneidad de nuestro pueblo, implica asumir con seriedad la formación de quienes asumen decisiones y tareas de gran responsabilidad política y social, desde el diseño de políticas hasta el día a día de la gestión.

▸ Dele oportunidad a la gente joven, pero no desdeñe ni desaproveche la experiencia y la sabiduría de los que ya tienen camino recorrido y perspectiva para saber mirar hacia atrás y hacia adelante. Junte al periodista y al educador, al teórico y al práctico, al maestro y al alumno, al experto y al padre de familia, al niño y al adulto, al empresario y al dirigente indígena. Promueva el encuentro entre educación y cultura(s), entre la familia y la escuela, la televisión y el aula, el libro de texto y el periódico, la biblioteca y el infocentro. Promueva la libre opinión, la expresión propia, la lectura y la escritura para crear y no sólo para reproducir. Fomente la poesía, el arte, el teatro, la música, el baile, no como piezas sueltas de un currículo escolar que hace concesiones a "la cultura", sino como dimensiones constitutivas de la formación integral de toda persona, de todo estudiante y de todo maestro.

▸ Asuma el desafío de dar un vuelco a la educación nacional, la que se realiza en las aulas y fuera de ellas, la inicial, la básica y la superior, la común y la especializada, la de niños, jóvenes y adultos. El país necesita un nuevo modelo pedagógico, que destierre el miedo, la amenaza, el monólogo, el verticalismo, la inmovilidad, la respuesta única, la violencia y el maltrato, y aliente la curiosidad, la pregunta, el pensamiento crítico, el respeto, el juego, y la alegría de aprender. Construir ese nuevo modelo pedagógico implica cambios profundos en la cultura docente y hacerlo junto con los docentes, los estudiantes, los padres de familia, la comunidad local y toda la sociedad. Exige reformas integrales a mediano y largo plazo porque el cambio educativo toma tiempo y requiere de la voluntad y el entusiasmo de toda la nación. Asumir en serio el cambio implica no sólo educar sino reeducar y reeducarse, renovar estructuras mentales, combatir prejuicios, desterrar ignorancias. Implica una gran revolución educativa y cultural que va mucho más allá de los tiempos de su gobierno e incluso de una generación.

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