Hay que remover la tierra para sembrar la semilla


Rosa María Torres

Para sembrar la semilla, primero hay que remover la tierra. Para sembrar conocimientos y valores, primero hay que remover la tierra que alberga las creencias, los conocimientos y los valores de las personas. Hacer consciente tanto el saber como la ignorancia. Visualizar y comprender la brecha entre el viejo y el nuevo conocimiento. Metacognición y desaprendizaje, en terminologías contemporáneas asociadas a la Neurociencia.

Lo que todo agricultor sabe y practica al momento de sembrar, la humanidad entera niega al momento de educar.

El niño que entra a la escuela es considerado pozo a llenar de letras, números, fechas, nombres, reglas, verdades. El primer día de clases inicia la tarea de relleno. ¿A quién le preocupa lo que el niño ya sabe o quiere saber? Lo que cuenta es lo que el profesor sabe y lo que el sistema escolar considera que el alumno debe saber.

Pero lo cierto es que esos niños y niñas confiados a la escuela “para aprender” traen consigo saberes, valores y experiencias construidos en pocos años de vida, los años fundantes, los más importantes en el desarrollo de toda persona.

El niño que estrena escuela tal vez no sabe leer ni escribir pero habla y se comunica fluidamente en su lengua, ha reflexionado sobre ella y tiene ideas claras acerca de qué son y para qué sirven la lectura y la escritura. Tal vez no sabe hacer cuentas sobre un papel, pero ya es amigo de los números y ha aprendido a hacer cuentas mentalmente, a su manera. Tal vez no ha oído de la existencia de la Geografía, la Historia, la Física, la Biología, la Filosofía o la Cívica, pero sabe mucho de todo eso y, en general, sabe mucho más acerca de la vida y las relaciones humanas que lo que cualquier adulto se permite sospechar. Para enseñar a un niño, hay que remover la tierra para encontrar las raíces del juego, la curiosidad, el movimiento, la alegría, los temores, la ternura y la sabiduría infantiles.

Al adulto que agarra coraje para alfabetizarse se lo trata como si fuese ignorante o como si fuese un niño (lo que, para muchos, es la misma cosa). La propia noción de analfabetismo suele asociarse tradicionalmente a ignorancia, ceguera, y hasta estupidez y discapacidad. Muchos materiales de alfabetización y educación básica de adultos son a menudo una ofensa a la inteligencia humana, versión adulta del “Mi mamá me mima” o del “Lola lame a la mula” con que se ofende, a su vez, la inteligencia infantil. Enseñar a personas adultas implica aceptar que, aún aquellas que no han aprendido a leer y escribir, son personas cabales, con criterio, conocimientos, talentos, valores, habilidades, intereses, preferencias, como cualquier otra persona. Para enseñar a una persona adulta, hay que remover la tierra y permitir que aflore su historia de vida, sus temores y sus hazañas, sus seguridades e inseguridades, aquello que sabe, cree, valora, respeta, quiere, sueña.

A quien se forma para la enseñanza, antes y durante el ejercicio de la profesión se le trata como a alguien que no sabe o que sabe cosas obsoletas, inútiles o erradas. Tanto en la preparación inicial como en servicio, en cursos y en talleres, el capacitador y el especialista asumen como misión instruir al docente, ponerle al día con autores, disciplinas, métodos, tecnologías, cambiarle actitudes y prácticas, enderezar sus caminos, llevarle hacia lo que debe saber y hacer según estándares fijados desde afuera del docente y su labor.

Informar, orientar, actualizar, perfeccionar, modificar y hasta reciclar son verbos corrientes en el mundo de la formación y la capacitación docentes, mucho más que intercambiar, compartir, indagar, investigar, reflexionar, analizar, sistematizar.

Para enseñar a los educadores hay que remover la tierra para, junto con ellos, desentrañar su saber y su saber hacer, en todo lo que tiene de válido y de valioso, y en todo lo que tiene de corregible y perfectible.

La educación, mañosamente, se acostumbró a mirarse en el espejo de quien enseña, no de quien aprende; a colocarse en la perspectiva de lo que debe ser antes que de lo que es; a definirse por el punto de llegada (el nuevo conocimiento, definido como importante por quien lo posee y transmite) negando el imprescindible punto de partida (la persona que aprende, lo que sabe y lo que quiere aprender).

Para que la enseñanza redunde en aprendizaje, es necesario remover la tierra, penetrar en los saberes, los talentos, las motivaciones, los afectos, las dudas, los temores de quienes aprenden. Quien siembra sin remover la tierra, a lo sumo esparce las semillas sobre la superficie, sin esperanza de que alguna vez echen raíces, crezcan y rindan frutos.

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