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Saramago se formó leyendo en una biblioteca pública

Rosa María Torres


En tiempos de meritocracia (a menudo entendida como años de estudio y posesión de títulos) es bueno recordar que José Saramago - Premio Nobel de Literatura 1998 - no fue a la universidad ni obtuvo ningún título de educación superior. Nació en 1922, en Azinhaga, una aldea al sur de Portugal, en el seno de una familia de campesinos analfabetos. En 1924 la familia se trasladó a vivir en Lisboa. Aprendió a leer y escribir a los 7 años en una escuelita pública ubicada en la calle Martens Ferrão; empezó a leer con un periódico, el Diário de Notícias, que su padre llevaba a casa, aunque no entendía lo que leía; a los 10 años, según explica en Las pequeñas memorias, ya era un lector fluido y tenía muy buena ortografía, lo que le valió grandes elogios y fama en la segunda escuela, la escuela del Largo do Leão. En 1933 su madre le regaló su primer libro, O Mistério do Mohíno. En 1934, cuando tenía 12 años, la falta de recursos económicos de la familia le obligó a dejar la escuela y entrar a la Escuela Industrial Alfonso Domínguez a estudiar cerrajería metálica. Durante dos años trabajó en una herrería mecánica, para mantener a su familia. Entró por primera vez a una biblioteca cuando era todavía adolescente, una biblioteca pública en Lisboa que describe en varios de sus libros y conferencias, para llegar a la cual debía caminar entre dos y tres kilómetros, de noche. Estudiaba y luego trabajaba durante el día, de modo que solo le quedaba la noche para ir a la biblioteca a leer.

En tiempos de lectura rápida y funcional, en que se viene perdiendo cada vez más la lectura por placer, hay que destacar que Saramago aprendió desde el primer momento la importancia y el gusto de leer despacio, saboreando la escritura. Leyó prácticamente toda la biblioteca, eligiendo los libros al azar, sin ningún orden en particular. Leía de todo. Y al leer descubría que mientras más leía más le entusiasmaba la lectura y mejor preparado se sentía para leer más. Dice Saramago que en aquella biblioteca y en aquellas lecturas se forjó como el escritor que sería después. El Ensayo sobre la Ceguera empezó a escribirse ahí.

En tiempos en que la falta de lectura, los bajos rendimiento escolares en lectura y los problemas de comprensión lectora se han convertido en motivo mundial de preocupación, justamente cuando hay más para leer que nunca - en papel y en pantalla - y más facilidades para leer en todo momento y lugar, vale recalcar que Saramago vivía en gran pobreza, no podía comprar libros, y estudiaba y trabajaba durante el día. Por eso iba a la biblioteca y por eso leía en las noches.

En tiempos en que las bibliotecas languidecen, desatendidas, abandonadas e incluso cerradas en muchas partes del mundo, es urgente recordar que éstas siguen ahí, vivas y vigentes, reclamando atención y cambios e invitando a renovar el compromiso de los lectores de todas las edades y condiciones, porque la lectura no solo dejó de tener importancia sino que es más importante que nunca.

Dejemos que el propio Saramago nos lo cuente.
 



Una biblioteca oscura y triste, por José Saramago

Las bibliotecas han cambiado mucho desde el día en que, en la Lisboa de finales de los años treinta, entré por primera vez en una de ellas. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse parado, con armarios que forraban las paredes desde el suelo hasta casi el techo, las mesas largas con sus pequeñas estanterías móviles a la espera de los lectores, que nunca eran muchos. El bibliotecario se sentaba al fondo de la sala, detrás de un escritorio antiguo, de esos de palo santo labrado.

La biblioteca olía a papeles viejos y a cera de abejas, también un poco a humedad, a moho, tal vez porque las ventanas se abrían de tarde en tarde, al menos siempre me parecen cerradas cuando las recuerdo.

También es cierto que nunca fui a la biblioteca durante el horario diurno de funcionamiento, por lo tanto no sé como sería el ambiente, si las pesadas contraventanas se abrirían para que la luz del día pudiera entrar. Probablemente sí. Yo era un lector de los nocturnos, salía de casa después de cenar (entonces la cena era a las ocho), caminaba los dos o tres kilómetros que separan el barrio de Penha de França, donde vivía, del Campo Pequeno, e iba a leer.

Exactamente, iba a leer. Era un adolescente que no tenía libros en casa, excepto los de estudio, y que quería saber por sí mismo qué era realmente eso que se llamaba literatura. No había pedido consejos a personas sabias sobre la mejor manera de encaminar didácticamente sus experiencias, cada vez que entraba en la biblioteca era como si desembarcara en una isla desierta y tuviera que abrir un camino por no se sabía dónde, ni le importaba mucho.

Leía sin ningún objetivo, leía porque le gustaba leer y nada más. Era bastante ingenuo para atreverse a decifrar el Paraíso perdido de Milton sin conocer nada de la literatura inglesa. O el Quijote sin saber más de Cervantes que en cierta ocasión dijo que el portugués era el castellano sin huesos.

Leía más los clásicos que los modernos, sin método, aunque con cierto sentido de la disciplina. Si le gustaba especialmente un autor, intentaba leer toda su obra, tarea muchas veces imposible, como fue el caso de Camilo Castelo Branco.

Medio conscientemente se dio cuenta de que tendría mucho que ganar si saboreaba despacio los sermones del Padre Antonio Vieira, pero confiesa que algunas veces tenía que abandonarlos por el mismo motivo que nos obliga a cerrar los ojos ante una luz demasiado fuerte.

Además, como se suele decir, le faltaba vocabulario. Recorría con atención las hojas dactilografiadas donde estaban las obras que habían llegado hacía poco a la biblioteca, y entre ellas elegía alguna, un poco por los títulos, un poco por los nombres de los autores.

Con el paso del tiempo aprendió a establecer relaciones entre unos y otros, observaba que la memoria de lo que ya había leído enriquecía sorprendentemente la lectura que estaba haciendo en aquel momento, el camino por donde andaba se le iba haciendo más firme cada día.

No puedo recordar con exactitud cuánto tiempo duró esta aventura, pero lo que sé sin duda es que de no ser por aquella biblioteca antigua, oscura, casi triste, yo no sería el escritor que soy. El Ensayo sobre la Ceguera comenzó a ser escrito allí.

Traducción: Rosane Zimmermann • Fotografía: Revista Mi Biblioteca

Mi biblioteca: La revista del mundo bibliotecario, ISSN 1699-3411, N.º 1, Abril 2005, pág. 10



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Rosa María Torres



Uno de los proyectos más desopilantes que me tocó ver mientras fui asesora educativa de UNICEF, en Nueva York, fue uno apenas iniciándose en Ceará, en el nordeste brasileño, una de las regiones más pobres de Brasil. 

Era 1994. UNICEF y las demás agencias internacionales promotoras de la Conferencia Mundial sobre Educación para Todos (Jomtien, Tailandia, 1990) - UNESCO, Banco Mundial, PNUD y FNUAP - exploraban cómo extender el acceso a la educación primaria en el mundo aprovechando las entonces incipientes "nuevas tecnologías". La llamada Tercera Vía - educación formal, la primera, y educación no-formal, la segunda - concitaba el interés de todos, y especialmente del Banco Mundial, que siempre ha sido proclive a las fórmulas fáciles y rápidas para educar.

UNICEF fue invitada por el BM a apoyar un proyecto piloto que arrancaba en Ceará, con grandes expectativas. Niños y niñas muy pobres aprenderían con ayuda de cassettes grabados en Portugal, que contenían el programa de estudios de los cuatro primeros grados. Los cassettes (entonces en VHS) se acompañaban de un monitor. Un joven local, apenas con primaria terminada, cumplía la función de prender y apagar el monitor, pasar los cassettes y pararlos cada tanto para realizar una serie de preguntas sobre el material, que venían impresas en un manual. 

Fui enviada por UNICEF a Ceará a ver el programa. Antes de viajar, me había reunido en Washington con gente del Banco Mundial y había planteado una serie de inquietudes, entre otras la posible dificultad de que un material elaborado en portugués de Portugal no fuese entendido por niños brasileños en Ceará. (Sabido es que entre el portugués de Portugal y el portugués de Brasil hay enormes diferencias. Incluso a los brasileños educados les cuesta entenderlo). Los expertos anglófonos presentes desestimaron mi inquietud y ni siquiera prestaron atención al eventual problema. Lo que importaba es que ... ¡era portugués!.

Fui, ví y constaté. El programa era un desastre. Nada funcionaba, empezando por la energía eléctrica, inexistente en muchas escuelas. Los coordinadores - jóvenes, inexpertos, enfrentados por primera vez a aparatos - no daban pie con bola. Y nadie entendía el portugués de Portugal. Los alumnos estaban perplejos, hacían caras, se reían, mientras los coordinadores - que tampoco entendían- trataban de controlar la disciplina y de apoyarse en un material con una lista palabras que alguien había preparado, seguramente en la marcha, asumiendo que el problema era meramente léxico.

De vuelta en Nueva York, hice un informe aconsejando a UNICEF mantenerse al margen. El programa se esfumó al poco tiempo. Habrán recogido y embodegado los monitores, los cassettes y los impresos. Se habrá perdido dinero de los brasileños en el fallido experimento. Nunca más se habló de él. No lo ví mencionado en los informes de labores del BM ni de ninguna agencia.

Me acordé de ese programa a propósito de la convocatoria del gobierno ecuatoriano para reclutar profesores en España (julio 2013). La subsecretaria de educación que dio la rueda de prensa en Madrid indicaba que España es el primer país invitado ya que "tenemos afinidades tanto en el idioma como históricas". Como recuerda alguien, el término "afinidades" no es el más apropiado para rememorar la conquista, una conquista motivada por la codicia y marcada por gran violencia, como destaca el historiador español Antonio Espino en su libro La Conquista de América: Una revisión crítica.

Ya en el plano lingüístico, y en el momento actual, es cierto que en el castellano (o español) no existen las enormes diferencias que se dan en el portugués, pero las diferencias lingüísticas y culturales entre España y cualquier país de América Latina son grandes. España tiene una compleja realidad lingüística, incluidas las muchas variantes dialectales del castellano y las lenguas habladas en varias comunidades autónomas, y el Ecuador tiene una compleja realidad lingüística, con 14 lenguas indígenas y con sus propias variantes del castellano, fuertemente influencias por el kichwa sobre todo en la sierra y en la amazonía. 

Soy lingüista, pero no es necesario serlo para darse cuenta de que dentro de una misma lengua hay enormes variaciones y diferentes normas, y para saber que la lengua no es solo comunicación sino, sobre todo, cultura. En el programa de Ceará, hace muchos años, y en tantísimos ejemplos que podríamos mencionar, se sorprende uno muchas veces de la poca sofisticación con que se piensan la educación y la política educativa, despojadas de su inherente complejidad cultural, comunicacional y lingüística.

Para saber más:
» Brasil y Portugal no hablan el mismo idioma
» Entra en vigor en Brasil el acuerdo que unifica la ortografía de la lengua portuguesa (2009)
» Idioma español en el Ecuador (Wikipedia) 
» Archivo de lenguas y culturas del Ecuador
» Indignado ecuatoriano: El neocolonialismo se afina, por Atawallpa Oviedo Freire

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