Lalo y Lola no valen lo mismo en el aparato escolar

Rosa María Torres
El machismo - ese que hace de las suyas todos los días en la casa, en el trabajo, en la calle, en la política, en los medios de comunicación - tiene en el aparato escolar uno de sus nidos preferidos. No se trata únicamente de los estereotipos que abundan en los textos escolares. Se trata, sobre todo, de la percepción, las expectativas y el tratamiento diferenciales que se aplican a alumnOs y alumnAs en la rutina escolar.

De Lalo se espera que sea inquieto, activo, inquisitivo, independiente y hasta rebelde; de Lola se espera que sea dócil, obediente, pasiva, dependiente de la ayuda, la autoridad y el criterio de otros. De Lalo se esperan comportamientos inmaduros e irresponsables; de Lola se exige que se comporte como una "mamita" en potencia, siempre dispuesta a servir, sacrificarse y renunciar. De Lalo se espera que se desentienda de la limpieza y el orden; a Lola se le pide que empiece a ejercitarse desde temprano como una verdadera "amita de casa", asumiendo en el espacio escolar tareas hogareñas de limpieza y ornamentación.

De Lalo se espera que quiera jugar y divertirse, que sea travieso y se distraiga en clase, que corra y salte, que defienda sus puntos de vista, que pelee con los amigos, que se ensucie el pantalón, que se despeine. De Lola se espera que se comporte como una "damita", es decir, como la negación de todo eso. De ella se espera inmovilidad, ausencia de curiosidad o de espíritu de aventura, esmero en la apariencia personal, prolijidad con los cuadernos y las tareas escolares, predisposición a ocupar los segundos lugares, vocación de obediencia y sumisión. 

De Lalo se espera que sea inteligente; de Lola se espera que sea aplicada. De Lalo se espera que sea bueno para las Matemáticas y las Ciencias. De Lola se espera que sea buena para las Manualidades, y quizás, más adelante, para la Literatura o las Ciencias Sociales. Si Lalo hace mal un trabajo, la explicación se atribuye a su mala conducta, a falta de atención y, por último, de esfuerzo. Si Lola hace mal un trabajo, lo que entra en duda no es su esfuerzo sino su capacidad intelectual.

Lalo es nombrado Presidente; Lola es nombrada Secretaria o Tesorera. A Lalo se le encarga llevar la lista, dar el discurso, presidir la comisión; a Lola se le encarga repartir los cuadernos, recoger las cuotas para el paseo, preparar los sánduches para la kermesse. Lalo es el capitán del equipo de fútbol; Lola es la madrina. Lalo participa en el concurso intercolegial de Física; Lola concursa para reina de belleza del plantel.

Lola recibe, en general, menos atención de los profesores que Lalo. Poco a poco empieza a aceptar como natural que Lalo y ella sean tratados de manera diferente. Lalo puede interrumpir, hablar en voz alta, expresar con pasión sus ideas y sentimientos. La interrupción de Lola es ofensiva, hablar en voz firme es percibido como un acto de histeria, afirmar y argumentar como un rasgo de masculinidad.

Lola percibe que, dentro del aparato escolar, ser mujer equivale en general a ocupar posiciones subordinadas. Hay más hombres que mujeres en cargos de dirección (rectores, supervisores, inspectores). Hay más mujeres que hombres en tareas intermedias y de servicio (secretaría, limpieza, cocina). Hay cada vez menos mujeres y más hombres profesores a medida que se avanza en la escalera escolar, se especializan las materias y se incrementan los sueldos y el prestigio profesional.

Así es como, imperceptible, pero cotidiana y sistemáticamente, el aparato escolar va logrando que Lola se ajuste a sus expectativas. La niña potencialmente triunfadora que entró al primer grado va siendo derrotada en el camino, minada en su autoconfianza y en su autoestima. Los puntos fuertes con los que Lola inició su vida escolar van convirtiéndose en desventajas antes que en ventajas. Al entrar a la secundaria, los desniveles respecto de Lalo son ya evidentes. Al salir del colegio, Lalo buscará una profesión. Lola buscará marido o un empleo para sobrevivir entretanto, afirmará convencida que el estudio no es lo suyo, o bien escogerá carreras "femeninas", segura ya de que la ciencia o la tecnología no son para ella.

Esto es lo que, objetivamente, revelan estudios en diferentes países. La igualdad de oportunidades de acceso a la enseñanza primaria por parte de niños y niñas no ha resuelto ni mucho menos el problema de la profunda desigualdad que persiste, dentro del aparato escolar, en en el trato y las condiciones de enseñanza-aprendizaje de unos y otras.

Afortunadamente, como en todo, hay excepciones: Lolas que se sacuden los estereotipos y que logran avanzar desafiando al sistema escolar, a su familia y a sí mismas. Pero son excepciones. Faltan las políticas, las medidas y la voluntad política y social para hacer que la excepción se convierta en regla. Mientras tanto, las afirmaciones acerca de la igualdad de oportunidades educativas de hombres y mujeres serán sólo una verdad parcial.

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1 comentario:

Sary dijo...

¿Qué estamos haciendo los maestros con los alumnos? Si somos nosotros mismos los que nos quejamos del machismo como forma cultural, deberíamos estar implementando prácticas que rompan con esos hábitos.

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