En educación no manda Don Dinero







Escribí este artículo de divulgación en 1994, como parte de la serie que publicaba cada domingo en la revista Familia del diario El Comercio de Quito. Ya entonces sabíamos del mito "más inversión en educación = mejor educación". Tres décadas después el mito continúa vivo en la propaganda de los políticos, en el reclamo de los sindicatos docentes, en la abogacía de muchas instituciones nacionales e internacionales, en la desinformación de la opinión pública. Todo ello a pesar de la abundante investigación y evaluación que confirma la invalidez del mito. La insistencia en "políticas basadas en evidencia" sigue partiendo de un diagóstico equivocado. No basta con más dinero para la educación; es indispensable gastarlo mejor.


Todo indica que en educación no manda Don Dinero. Aprendizaje, calidad educativa, excelencia académica, profesionalismo docente, sociedad del conocimiento, no se dejan comprar con dinero.
Hacen falta otras cosas. Se puede gastar el (mismo o incluso menos) dinero de otro modo, en cambios profundos y no en meros remiendos, con otra racionalidad, de forma más eficiente y responsable, con austeridad, revisando las prioridades, experimentando antes de generalizar, evitando la improvisación, usando resultados de investigación para planificar y tomar decisiones, dejando de lado intereses políticos o financieros, evitando el despilfarro, erradicando la corrupción. E invirtiendo no solo en "educación" - sectorialmente, escolarmente - sino en todas las políticas que inciden en las condiciones de enseñanza y de aprendizaje de la población, dentro y fuera de las aulas, políticas tradicionalmente consideradas "extraescolares" como la eliminación de la pobreza, la inversión en salud, en nutrición infantil, en vivienda digna, en trabajo, en bienestar familiar, en participación social, en información confiable, en fortalecimiento de la ciudadanía.

Cuando se compara a los países según el presupuesto que cada uno de ellos asigna a la educación, mayor inversión no necesariamente coincide con mayor nivel de escolaridad, mejor nivel educativo de su población o mejor calidad de su enseñanza. Apenas un 20% de los resultados de las pruebas internacionales PISA se explica por el monto de la inversión en educación, según la OCDE. Y, sin embargo:
 

▸ Sindicatos docentes, ONGs, organismos internacionales y toda la sociedad claman por "incrementar el presupuesto educativo" - a secas - y fijan porcentajes deseables de inversión en educación, porcentajes que se incorporan a leyes y normativas nacionales e internacionales pero que sistemáticamente se incumplen (América Latina es un caso claro: la mayoría de países no llegan al 6% del PIB recomendado por la UNESCO, pese a la reiteración de dicha recomendación a lo largo de los años). La lucha y  la "abogacía" por el derecho a la educación terminan así convertidas a menudo en acciones de vigilancia en torno a un monto, una cifra, un porcentaje.

▸ La "inversión en educación" continúa siendo indicador estrella en las estadísticas e informes sobre la educación, e incluso en la definición de la importancia que un determinado país atribuye a ésta. Del que más invierte se asume que es no solo el más interesado sino el que más avanza. Y los gobiernos basan en esos datos sus promesas y campañas electorales, sus rendiciones de cuentas, su reputación en el "frente social",
sus simpatías entre la población.

▸ Cuánto se destina a educación es un indicador opaco y engañoso pues no dice - y nadie pregunta - de dónde sale ese dinero, cuánto contribuyen al financiamiento de la educación los padres de familia (en muchos países un monto muy alto, invisibilizado e incluso no siquiera contabilizado), en qué condiciones se gestionan los préstamos, cómo se definen las prioridades,
cuánto se gasta en burocracia y tecnocracia, en consultorías y en estudios que muchas veces no sirven o no se usan, cómo se distribuyen los salarios, cuánto se despilfarra, cuánto queda en el camino y jamás llega a su destino, cuánto pudo ahorrarse con solo planificar y gestionar mejor los fondos públicos ... El derecho a la transparencia en el manejo de los fondos públicos (y la consiguiente y clara explicación a la ciudadanía acerca de criterios, usos y resultados) sigue siendo un derecho ciudadano no realizado, y poco reclamado.

▸ Curiosamente, nadie parece pedir otros indicadores. Por ejemplo: ¿por qué existe un indicador de "gasto por alumno" pero no uno de "gasto por maestro"?, ¿por qué todo se centra en la acción de un Ministerio - el de Educación - sin mirar el conjunto de la acción gubernamental?, ¿por qué los indicadores giran en torno a la oferta de educación escolar, ignorando todas las otras formas e instituciones que inciden sobre la educación y la cultura de las personas como son la familia, las bibliotecas, los espacios deportivos y culturales, los programas de educación no-formal, los medios de comunicación masiva, la acción política, el uso de las tecnologías y de internet, etc.?

Lo real es que muchos países con presupuestos educativos robustos tienen rendimientos académicos escuálidos, iguales o inferiores a otros con presupuestos mucho menores. Como es, o debería ser obvio, inyectar más dinero al sistema escolar no trae automáticamente mejoras. Tampoco se da la esperada relación proporcional entre monto invertido por alumno y rendimiento escolar (medido en calificaciones y pruebas).

Estados Unidos es un claro ejemplo de todo esto, como lo afirman y discuten investigadores y analistas del tema educativo dentro de E.E.U.U.: la fuerte inversión en educación que tuvo lugar en ese país en las últimas décadas no solo no trajo el salto cualitativo esperado sino que mostró tendencias contrarias. Los resultados escolares, en comparación con los de otros países industrializados e incluso con varios con menor inversión, se han mantenido a la zaga. En otras palabras: el sistema escolar se volvió más caro y los resultados generales del sistema empeoraron.

Así pues, Estados Unidos - al que tantos desde afuera miran con admiración y ven como la meca educativa de sus hijos - es un patético ejemplo de lo que la ideología educativa dominante sigue resistiéndose a aceptar: invertir más dinero, por sí solo, no garantiza mejor educación. Es preciso  preguntarse qué significa "buena educación" y, en ese marco, qué significa "buen gasto en educación". 


Saber que el dinero, por sí solo, no compra la buena educación es a la vez buena y mala noticia. Buena, porque alienta en los "menos favorecidos" (países, programas, organizaciones, instituciones) la convicción de que las cosas se pueden hacer bien aún si el dinero no abunda.... Mala, porque hace las cosas más difíciles. Siempre es más fácil afirmar que hay escasez, echarle la culpa a la falta de dinero, hacer préstamos, endeudarse, subir impuestos, comprar (cosas, expertos, estudios, títulos, cargos) que invertir en madurez política,
en educación ciudadana, en tiempo y en perseverancia, en calidad del propio conocimiento y del propio esfuerzo, en consulta y en participación social, en rectificación oportuna de errores, en humildad para reconocerlos y en honestidad para encararlos abiertamente y seguir aprendiendo.

Textos relacionados en OTRAƎDUCACION

»  Pruebas PISA: Seis conclusiones y una pregunta

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...