En educación no manda Don Dinero





Rosa María Torres

Escribí este breve artículo de divulgación en 1994, como parte de la serie que publicaba cada domingo en la revista Familia del diario El Comercio de Quito. Ya entonces sabíamos del falso mito "más inversión en educación = mejor educación". Dos décadas después el mito continúa vivo en la propaganda de los políticos, en el reclamo de los sindicatos docentes, en la abogacía de muchas instituciones nacionales e internacionales, en la desinformación de la "opinión pública". Todo ello a pesar de la abundante investigación y evaluación que confirma rotunda y ampliamente la invalidez del mito. La insistencia en "políticas basadas en evidencia" sigue pues partiendo de un diagóstico equivocado: el problema no es falta de información o de investigación.

Todo indica que en educación no manda Don Dinero. Aprendizaje, calidad educativa, excelencia académica, profesionalismo docente, sociedad del conocimiento, no se dejan comprar con dinero. Hacen falta muchas otras cosas. Se puede gastar el (mismo o incluso menos) dinero de otro modo, en cambios profundos y no en meros remiendos, con otra racionalidad, de forma más eficiente y responsable, con austeridad, dando vuelta a las prioridades, dejando de lado intereses políticos o financieros, evitando el despilfarro, erradicando la corrupción. E invirtiendo no solo en "educación" - sectorialmente, escolarmente - sino en todas las políticas que inciden en las condiciones de enseñanza y de aprendizaje de la población, dentro y fuera de las aulas, políticas tradicionalmente consideradas "extraescolares" como la eliminación de la pobreza, la inversión en salud, en vivienda digna, en trabajo, en bienestar familiar, en participación social, en información confiable, en fortalecimiento de la ciudadanía.

Cuando se compara a los países según el presupuesto que cada uno de ellos asigna a la educación, mayor inversión no necesariamente coincide con mejor nivel educativo de su población o mejor calidad de su enseñanza. Apenas un 20% de los resultados de las pruebas internacionales PISA se explica por el monto de la inversión en educación. Y, sin embargo:
 

▸ Sindicatos docentes, ONGs, organismos internacionales y toda la sociedad claman por "incrementar el presupuesto educativo" - a secas - como si ahí radicara la clave, y fijan obsesivamente porcentajes deseables de inversión en educación, porcentajes que se incorporan a leyes y normativas nacionales e internacionales y que sistemáticamente se incumplen. La lucha y  la "abogacía" por el derecho a la educación terminan así convertidas en acciones de vigilancia de un monto, de una cifra, de un porcentaje.

▸ La "inversión en educación" continúa siendo indicador estrella en las estadísticas e informes sobre la educación, e incluso en la definición de la importancia que un determinado país atribuye a ésta. Del que más invierte se asume que es no solo el más interesado sino el que más avanza. Y los gobiernos basan en esos datos sus promesas y campañas electorales, sus rendiciones de cuentas, su reputación en el "frente social",
sus simpatías entre la población.

▸ Cuánto se destina o se gasta es un indicador opaco y engañoso pues no dice (y nadie pregunta) de dónde sale ese dinero, en qué y cómo se usa, en qué condiciones se gestionan los préstamos, cómo se definen las prioridades, cuánto se gasta en burocracia y tecnocracia, en consultorías y en estudios que muchas veces no sirven o no se usan, cómo se distribuyen los salarios, cuánto se despilfarra, cuánto queda en el camino y jamás llega a su destino... El derecho a la transparencia en el manejo de los fondos públicos (y la consiguiente y clara explicación a la ciudadanía acerca de criterios, usos y resultados) sigue siendo un derecho ciudadano no realizado, ni siquiera reclamado.


▸ Curiosamente, nadie parece pedir otros indicadores. Por ejemplo: ¿por qué existe un indicador de "gasto por alumno" pero no uno de "gasto por maestro"?, ¿por qué todo se centra en la acción de un Ministerio - el de Educación - sin mirar el conjunto de la acción gubernamental?, ¿por qué los indicadores giran en torno a la oferta de educación escolar, ignorando todas las otras formas e instituciones que inciden sobre la educación y la cultura de las personas como son la familia, las bibliotecas, los espacios deportivos y culturales, los programas de educación no-formal, los medios de comunicación masiva, la acción política, el uso de las tecnologías, etc.?

Lo real es que muchos países con presupuestos educativos robustos tienen rendimientos académicos escuálidos, iguales o inferiores a otros con presupuestos mucho menores. Inyectar más dinero al sistema escolar convencional no trae automáticamente mejoras y puede ser simplemente una operación de maquillaje, que no toca lo esencial. Tampoco se da la esperada relación proporcional entre monto invertido por alumno y rendimiento escolar (medido en calificaciones y pruebas).

Estados Unidos es un claro ejemplo de todo esto, como lo afirman y discuten públicamente investigadores y analistas del tema educativo dentro de E.E.U.U.: la fuerte inversión en educación que tuvo lugar en ese país en las últimas décadas no solamente no trajo el salto cualitativo esperado sino que mostró tendencias contrarias. Los resultados escolares, en comparación a los de otros países industrializados e incluso a varios con menor inversión, se han mantenido a la zaga. En otras palabras: el sistema escolar se volvió más caro y los resultados generales del sistema empeoraron.

Así pues, Estados Unidos - al que tantos desde afuera miran con admiración y ven como la meca educativa de sus hijos - es un patético ejemplo de lo que la ideología educativa dominante sigue resistiéndose a aceptar: invertir más dinero no garantiza necesariamente mejor educación. Es preciso, como mínimo, volver a preguntarse qué significa "buena educación" y "buen gasto en educación". 


Saber que el dinero no compra la buena educación es a la vez buena y mala noticia. Buena, porque alienta en los "menos favorecidos" (países, programas, organizaciones, instituciones) la convicción de que las cosas se pueden hacer bien aún si el dinero no abunda.... Mala, porque hace las cosas más difíciles. Siempre es más fácil afirmar que hay escasez, echarle la culpa a la falta de dinero, hacer préstamos, endeudarse, subir impuestos, comprar (cosas, expertos, más estudios, títulos, cargos), que invertir en madurez política,
en educación ciudadana, en tiempo y en perseverancia, en calidad del propio conocimiento y del propio esfuerzo, en consulta y en participación social, en rectificación oportuna de errores, en humildad para reconocerlos y en honestidad para encararlos abiertamente y seguir aprendiendo.

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