'Infantil' no puede ser insulto

Rosa María Torres

Mucho se ha trabajado y mucho queda por trabajarse la discriminación a través del lenguaje.

Los usos discriminatorios del lenguaje en relación a las mujeres son, desde hace tiempo, tema de análisis y denuncia, con algunos impactos prácticos sobre el habla y sobre la escritura, al menos en ciertos estratos de la población. La insistencia en "las y los" ayudó a tomar conciencia de la invisibilización de la mujer, también en el plano lingüístico. No obstante, en el habla corriente siguen campeando los usos peyorativos y machistas de "niña", "nena", "mujercita", "hembra", "hembrita"... A las mujeres sigue mandándoseles a la cocina y al limbo genérico "ama de casa".

La discriminación nacida del racismo, principalmente contra indios y negros, sigue siendo atroz. Haber logrado pasar del "negro" al "afro" es, para muchos, una conquista. Pero siguen en la punta de la lengua el "trabajar como un negro" y la "merienda de negros", y las expresiones más insultantes y degradantes en torno a los indígenas en nuestros países.

Las 'capacidades especiales' empiezan a entrar forzadamente en el discurso, pero en el trato cotidiano la discapacidad sigue moviéndose a sus anchas. Con los términos y argumentos de la discapacidad - física, intelectual, moral - se busca ofender e insultar en cualquier conversación, en cualquier debate.

Las personas mayores son objeto de burla, no importa cuánto creció la expectativa de vida en el mundo y el develamiento científico de viejos tabúes y mitos asociados a la vejez. "Tercera edad" o "adulto mayor" son términos académicos y sofisticados; en la vida real siguen siendo viejos y tratados sin consideración ni respeto. Vieja es abuela y abuela, joven o vieja, es conejillo de Indias para poner a prueba la ignorancia o la tontería: si se lo explicas a tu abuela y ella lo entiende, significa que cualquiera lo puede entender.

Y, en el extremo opuesto, los niños, los con menos condiciones y armas para protestar y defenderse contra los abusos: los físicos, los morales, los lingüísticos, y cuya discriminación en el lenguaje suele pasar desapercibida. 'Infantil' sigue usándose de modo peyorativo, como equivalente a condición inferior, a minusvalía, a falta de criterio y de razón, a error. De todo lo que son los niños - lindos, tiernos, curiosos, creativos, espontáneos, inquietos, llenos de energía - 'infantil' destaca lo que no son, lo que no tienen, lo que les falta por comparacón con los adultos.

En "La enfermadad infantil del 'izquierdismo' en el comunismo" Lenin usó 'infantil' como categoría de análisis y de descalificación ideológica y política. Pero no podemos reprochárselo. No olvidemos que Lenin escribió a principios del siglo pasado, cuando no existía el conocimiento que hoy tenemos sobre la infancia ni los abundantes consensos internacionales para protegerla del abuso adulto. Lenin no conoció la Declaración de los Derechos del Niño (1959), mucho menos la Convención sobre los Derechos del Niño (1989).

Es mucho lo que hemos avanzado en este siglo en términos de conocimiento y de derechos en relación a la infancia. Y por eso resulta chocante e imperdonable que hoy, en pleno siglo 21, y con todo ese bagaje, la sociedad adulta siga usando 'infantil' como cualidad negativa, como descalificativo, y hasta como insulto en el terreno de la política ("izquierdistas infantiles", "ambientalistas infantiles", "indigenistas infantiles"). 

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