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El inspector Camacho no tiene la culpa




El Instituto Nacional Mejía fue creado por Eloy Alfaro en 1897. Fue el segundo colegio laico en el Ecuador y el primero en Quito. En el 'Patrón Mejía' - como se hace llamar y se le conoce en el país - estudian hoy más de 5 mil estudiantes; el colegio es mixto desde el año lectivo 2011-2012. Tiene una reconocida tradición libertaria y combativa, en dictadura y en democracia. Aquí se han educado personalidades de la política, el mundo académico y el activismo social, entre otros el actual Presidente de la República Lenin Moreno.

En junio de 2018 el Mejía volvió a ser noticia de primera plana a partir de un video que se filtró y se hizo viral en las redes, en el que se ve a un profesor del colegio pegando con una vara a siete estudiantes alineados contra la pared. El ministerio de educación circuló de inmediato un comunicado condenando la violencia e informando que el profesor en cuestión estaba siendo removido, primero de sus funciones pedagógicas y después también de toda función administrativa, mientras duran las investigaciones.

El segundo gran shock vino a continuación. Decenas de estudiantes y padres - sobre todo madres - de familia del Mejía defendiendo vehementemente al inspector José Camacho, considerado un "segundo padre", un amigo, un consejero. Padres y madres defendiendo, incluso agradeciendo, los métodos disciplinadores del inspector. Ex-alumnos del Mejía afirmando que fueron educados con estos métodos y que hoy son ciudadanos de bien y profesionales exitosos. Muchos aclarando que no se trata de "castigo" sino de "corrección", que éste es "el método adecuado para formar vagos, pandilleros y drogadictos", y que ésta es responsabilidad que les toca asumir a los buenos docentes "pues los padres hoy se desentienden de educar a sus hijos".

Innumerables comentarios de este tipo proliferaron en los días siguientes en las redes sociales, provenientes ya no solo de la comunidad educativa del Mejía sino de la ciudadanía en general, mostrando cuán arraigado y naturalizado está en el Ecuador el comportamiento violento y su justificación en torno a la educación de niños y jóvenes.

Las protestas del Mejía subieron de tono, salieron del colegio y de las redes, y llegaron a la calle con carteles, marchas y enfrentamientos. Armados de piedras y adoquines sacados de las veredas de los alrededores del colegio, los estudiantes se enfrentaron con la policía, como tantas veces en el pasado. Ocho policias heridos y un estudiante preso fue el saldo de los disturbios. En medio de todo esto, acercamientos y diálogos que intentó el Ministerio de Educación para llegar a algún acuerdo.

Otro segmento de la sociedad, tomado por sorpresa e indignado, se expresó en medios y redes condenando la actuación del inspector, las autoridades, los estudiantes y los padres de familia involucrados.

Una sociedad violenta

Foto: El Telégrafo
Como trasfondo es indispensable tener en cuenta que la violencia verbal y física en las relaciones en el Ecuador es alta, la violencia contra niños y adolescentes particularmente alta, y alta también la indolencia social frente al problema. El tema de la violencia viene siendo destacado en los medios y encarado con múltiples y sucesivas campañas de información y comunicación.

Según UNICEF, 4 de cada 10 niños ecuatorianos son maltratados por sus padres y 3 de cada 10 por sus profesores; los más afectados son los niños entre 5 y 11 años de edad. En la última década (2007-2017), la violencia física contra los niños subió 9 puntos. En 2015, 26% de los niños, niñas y adolescentes de 5 a 17 años decían recibir trato violento por parte de sus profesores cuando no hacen los deberes o cometen alguna falta. Esto incluye golpes, insultos, burlas y restricciones en el tiempo del recreo ("Niñez y adolescencia desde la intergeneracionalidad", 2016). En 2017, el Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Niños criticó la alta prevalencia de violencia sexual, física y psicológica contra niños y niñas en el Ecuador y urgió al gobierno a adoptar una legislación que penalice el castigo físico en todas sus formas.

Foto: La Hora
En definitiva, el país está enterado que son miles los profesores que ejercen violencia cotidiana en las instituciones educativas y que son miles los estudiantes que padecen esa violencia por partida doble: en las aulas y en los hogares. Lo que hace especial cortocircuito en este caso es constatar que la violencia corporal está institucionalizada en el colegio Mejía y que ésta concita el apoyo, antes que el rechazo, de la comunidad educativa vinculada a dicho plantel (cuando menos por parte de quienes se han expresado en estos días). Lo que este episodio pone de manifiesto al rojo vivo es la vigencia de la histórica complicidad y retroalimentación entre familia y escuela cuando se trata del disciplinamiento de niños, adolescentes y jóvenes.

La retórica de 'la educación del siglo XXI' se desploma ante estos hechos. El Mejía muestra, sin espacio para ninguna duda, que el viejo método de "la letra con sangre entra" es viejo pero goza de buena salud y no está confinado - como quisiera uno creer - a rincones apartados de la geografía nacional sino que está vivo en un colegio público emblemático, prestigado y grande ubicado en la capital de la República.

El comportamiento violento es uno de esos aprendizajes que, por lo general, echa raíces en la infancia, se desarrolla en la vida adulta y en múltiples lugares, tiene efectos multiplicadores de mediano y larzo plazo, y tiende a reproducirse inter-generacionalmente.

Los muchos cómplices del inspector Camacho

Cabe preguntarse dónde, cuándo, cómo y con la complicidad de quiénes aprendió, desarrolló y aplicó sus métodos el inspector Camacho en su trayectoria profesional.

El inspector probablemente conoció la violencia cuando niño. No es descabellado pensar que la haya experimentado en carne propia. Padres y madres pegadores, que propinan nalgadas, cachetadas, coscarrones, latigazos, tirones de orejas, palizas, abundan en el Ecuador. Y buena parte de la sociedad parece creer que algo o mucho de ese castigo es necesario, y hasta inevitable, en la crianza de los hijos. El grueso de familias ecuatorianas desconoce todavía que el castigo físico viola los derechos humanos de niños y jóvenes, que ningún buen profesional lo recomienda, y que es contraproducente en todo sentido.  Las familias ecuatorianas siguen en gran medida aplicando a sus hijos e hijas las marcas y prácticas de su propia crianza cuando niños.

El inspector seguramente sufrió, en su trayectoria de alumno, algunos de los maltratos clásicos del sistema escolar ecuatoriano. Y fue en ese modelo escolar autoritario y antidemocrático que forjó sus convicciones acerca de qué cabe y qué no en la enseñanza. La investigación internacional muestra que en los profesores termina pesando más el modelo docente experimentado en su propia experiencia escolar que lo que pueda aportales más tarde la formación y capacitación docente. Ese es el peso que tiene la mala escuela.

El inspector fue formado, sin duda, con viejos parámetros docentes, recitando autores y teorías, leyendo apuntes más que libros, sin acceder a conocimiento actualizado sobre la educación, la pedagogía y los aprendizajes. El nuevo conocimiento científico suele tardar años en llegar a las instituciones formadoras del magisterio y tiende a transmitirse con viejos métodos de enseñanza.

El inspector, como millones de maestros en el Ecuador y en el mundo, seguramente ha venido trabajando en aislamiento, solo en su aula, sin testigos, sin trabajo colegiado, sin socializar su práctica con nadie, en la soledad docente malentendida como 'autonomía'. La presencia de otros, de ojos críticos observando la práctica desde afuera, contribuyen a la autoconciencia de la propia práctica, a corregirla y mejorarla constantemente.

El inspector ha trabajado 18 años en el colegio Mejía, tiempo más que suficiente para aplicar, desarrollar y perfeccionar su 'método' de disciplinamiento. Y, si bien en todos estos años debió haber estudiantes y familias que no compartieron sus métodos e incluso los denunciaron a la autoridad, es evidente que los reclamos no prosperaron, que primó el espíritu de cuerpo y que la aceptación fue lo suficientemente grande como para mantenerlo en el cargo e incluso lograr la complicidad de estudiantes, familias y autoridades.

El inspector posiblemente actúa de manera similar en todos los ámbitos de su vida. Quien castiga en el aula, castiga también en casa. La investigación indica que quien fue violentado en la infancia tiende a repetir ese comportamiento, ya de adulto, en su vida familiar y laboral. El Ecuador ofrece, en este sentido, un entorno ideal. Una sociedad con fuertes rasgos jerárquicos, patriarcales, machistas, violentos, tolerante con los abusadores e intolerante con los más vulnerables: niños, adolescentes, mujeres, personas mayores.

Si vamos a cuestionar al inspector Camacho debemos pues cuestionar también a sus muchos cómplices:

- la familia que educa a los hijos replicando viejas inercias y creencias antes que contando con información relevante y actualizada sobre la crianza y la educación de niños y adolescentes;
- el sistema escolar que sigue reproduciendo viejos métodos de enseñanza, ávido de nuevas tecnologías e infraestructuras, pero desatento a los derechos, el buen trato y el bienestar de los alumnos;
- la formación docente anclada en el pasado, en modelos de otras épocas, en el memorismo, el enciclopedismo y el credencialismo;
- la práctica docente repetitiva, aislada, no compartida ni reflexionada, cerrada al cambio, al trabajo interdisciplinar y en equipo;
- la autoridad escolar que dicta y controla en vez de dialoga y escucha;
- nuestra propia complicidad - la que nos toca a cada uno como ciudadanos y ciudadanas - con todo esto, con un sistema educativo autoritario y reproductor, con una mentalidad adultocéntrica que no respeta a niños y niñas, con un sistema social y político que alimentan los comportamientos violentos y se muestran permisivos con los abusadores.

Artículos de educadores ecuatorianos sobre este episodio del Colegio Mejía
- Alexis Ponce, 'El Mejía no es convento, ni presidio, ni cuartel'
- Gabriela Paz y Miño, La vara
- Milton Luna Tamayo, "Nuestro segundo papá"
- Alfredo Astorga Bastidas, No te arrugues Patrón Mejía
- Rosa María Torres, El inspector Camacho no tiene la culpa

Basura, cultura ciudadana y calidad de la educación




Casi todo el mes de diciembre, y sobre todo después de la Navidad, Quito fue inundada por la basura. Las autoridades municipales explicaron que gran parte de la flota de camiones recolectores estaba en mal estado. Justamente indignada, la ciudadanía reclamó con insistencia por todos los medios. Las redes sociales se llenaron de fotos, de pedidos, de insultos. 


Diciembre sacó sin piedad a flote - en imágenes, en olores, en negligencias, en actitudes - el drama sanitario y social de la basura, y la falta de cultura ciudadana en torno a ésta.

Primero fueron los eventos de las Fiestas de Quito, a inicios del mes, que - como es usual - dejaron un reguero de basura en calles, parques y plazas.

A continuación, la temporada navideña aportó lo suyo, entre otros el desperdicio de comida y de papel tan propio de estas fiestas, y la omnipresencia del plástico (bolsas, botellas, envases y objetos de todo tipo) agravada por las compras, las comilonas y los servicios de delivery a hogares y oficinas. Con los recolectores rebosantes, la gente fue dejando las bolsas de basura a los costados, en cualquier lugar. Los perros hicieron de las suyas.

La falta de recolección y la negligencia municipal ocuparon el centro de las preocupaciones, desestimándose la oportunidad de analizar los muchos problemas ciudadanos asociados a la basura: consumismo, despilfarro, problemas de convivencia y de colaboración, falta de información y de educación, cortoplacismo en la mirada y en las soluciones, desdén por el tema ambiental.
 

Ya cerca de los festejos de fin de año, la recolección municipal se reactivó. La basura empezó a desaparecer de la vista pública, al menos en los sitios más concurridos y visibles de la ciudad. ¿A dónde va y fue a parar el chiquero quiteño y qué impactos tiene y seguirá teniendo sobre el medio ambiente? Es posible que, superado 'el problema' local, no muchas personas se hayan hecho o se hagan estas preguntas.

Según la encuesta del Latinobarómetro 2017,
32% de los latinoamericanos dice que "no existe el problema del cambio climático".  El Ecuador - país que se precia de tener la primera Constitución (2008) que reconoció derechos a la naturaleza - resultó puntero en la región, con 55%. Vergonzoso y preocupante. ¿Quiénes son los responsables de informar y educar a la población - niños, jóvenes, adultos - en el tema ecológico, en el cuidado efectivo del medio ambiente y, específicamente, en el manejo y reciclaje de la basura? 


 
Se ha reiterado que la calidad de una sociedad se ve en el trato que ésta da a los niños y a las personas mayores. Muy cierto. Pero aún falta reconocer que, hoy en día, la calidad de una sociedad - y, sobre todo, la calidad de la educación de una sociedad - se percibe también en la manera cómo ésta se relaciona con el medio ambiente y, dentro de esto, con la basura que ella misma produce cotidianamente.

Una ciudadanía que desconoce la problemática y los impactos del cambio climático, que sigue consumiendo sin conciencia ecológica y social, que permanece indolente frente al daño que viene causando el plástico al planeta, que sigue desperdiciando comida a vista y paciencia de todos, requiere y reclama con urgencia información, comunicación y educación ciudadanas para la convivencia, el Buen Vivir, el cuidado de la propia salud y de la del planeta.


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Estaciones de gimnasia al aire libre en Pekín y Quito


Rosa María Torres
 


Una de las cosas más fascinantes que ví en Pekín la primera vez que fui a China, en 2001, fueron los equipos de gimnasia instalados en espacios públicos: veredas, pasajes, parques, jardines, playas de estacionamiento, mercados, supermercados, paradas de buses. 

Las estaciones de gimnasia se usaban todo el día, desde temprano a la mañana. Estaban destinadas a las personas mayores y ellas eran, en efecto, los usuarios más regulares. Pero había gente de toda edad y condición. Las amas de casa dejaban sus bolsas en el piso mientras hacían ejercicio. Los hombres trajeados dejaban sus portafolios. Y los estudiantes, sus mochilas. Por supuesto, bicicletas por todo lado.

No ví - o entendí - ningún cartel sobre limite de tiempo de uso. Las personas dejaban las máquinas sin que nadie tuviera que pedírselo. En realidad, no ví a nadie supervisando el uso de las máquinas.

Algunas de las cuestiones que me fascinaron. 

- El foco sobre las personas mayores y sobre el ejercicio físico. 

- La democratización del ejercicio autónomo al aire libre. La gimnasia con aparatos como un servicio público, incorporado a la vida y a los quehaceres cotidianos.

- La confianza en la capacidad de la gente de usar los equipos de manera responsable, de cuidarlos, y de compartirlos con otros. 
Foto: El Comercio, Quito

Diez años después, en 2011, me alegró saber que el concepto estaba siendo adoptado en Quito. Decenas de parques estaban siendo acondicionados con "equipos de gimnasia inclusiva", como se los llamó (un nombre terrible, por cierto). 

En los últimos años, la idea se ha expandido en varias ciudades de América Latina. Internet está lleno de imágenes de equipos de gimnasia en parques, destinados a los adultos mayores y a personas de todas las edades. Adoptan toda clase de nombres ('parques biosaludables' uno de ellos, otro nombre espantoso). 

En 2013 visité uno de estos parques en Quito. Cuatro aparatos instalados en un barrio de clase media y personas mayores disfrutándolos. Hablé con algunas de ellas. Nunca habían usado un aparato de gimnasia.

Meses más tarde volví al parque. Quería escribir una nota. Encontré el lugar desmantelado. Una pareja joven me dijo que el equipo había durado pocas semanas. Algunos aparatos habían sido robados; otros, roto.
Foto: La Hora, Quito

Otros parques y equipos sufrieron una suerte parecida. Las autoridades municipales siempre han tenido dificultades para preservar los espacios y bienes públicos. La cultura ciudadana en Quito - y en el Ecuador en general - tiene muchos problemas. 

Las buenas ideas pueden importarse. La cultura - la cultura ciudadana - no. Debe construirse en cada lugar. ¿Cómo aprenden las personas a valorar y cuidar los espacios y los bienes públicos? ¿Qué clase de información, de educación, de ejemplo, se requieren en el hogar, en el sistema escolar, en los medios, en el trabajo, en el sistema político? 

Para saber más
Nueve máquinas para ejercitarse al aire libre, El Comercio, 11 agosto 2011
Parques se vuelven gimnasios, La Hora, 25 marzo 2012
68 parques de Quito ya tienen los gimnasios al aire libre, El Comercio, 19 junio 2012
400 equipos de gimnasia para 160 parques, Prensa Quito Alcaldía, 18 julio 2013
Roban equipos de gimnasia en tres parques de Quito, El Universo, 17 junio 2014

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Quito: Encuesta de Cultura Ciudadana

Public gym stations in Beijing and Quito

Rosa María Torres

One of the most fascinating things I saw in Beijing the first time I visited China, in 2001, were the fitness equipments installed in public spaces: sidewalks, streets, alleys, parks, gardens, parking lots, markets, supermarkets, bus stops.

The gym stations were used all day, starting early in the morning. They were meant for the elderly and they were in fact the most regular users. But there were people of all ages and conditions. Housewives left their shopping bags on the floor while exercising. Men wearing suits left their briefcases aside. And school students their backpacks. Bicycles were of course all over the place. 

I could not see - or understand - any sign about time limit, but it was evident that there was one. People left the machines without anyone having to tell them. In fact, I did not see anyone supervising the use of the machines.

Several things fascinated me.

- The focus on the elderly and on physical exercise.

- The democratization of autonomous outdoors workout. Gym as a public service offered to the people, incorporated to daily life and daily chores.

- Trust in people's capacities and will to use those equipments in a responsible manner, to take good care of them, and to share them with others.
Photo: El Comercio, Quito
Ten years later, in 2011, I was happy to learn that the concept was being adopted in Quito. Dozens of parks would be furnished with 'inclusive gym equipments', as they were called (a terrible name, by the way). 

Over the past few years, the idea has spread in many Latin American cities. The internet is full of images of gym equipments in parks for the elderly and for all ages. They adopt all sorts of names. ('Parques biosaludables' - 'biohealthy parks' - is one of them, also a terrible name).

In 2013 I visited one of these parks in Quito. Four machines installed in a middle class neighborhood, and adults enjoying them. I talked with some of them. They said they had never used a gym machine before.

A few months later I returned to the park. I wanted to write a note about it. The place was dismantled. A young couple told me that the equipment lasted only a few weeks. Some artifacts had been stolen; others were broken and taken away. 

Photo: La Hora, Quito
Other parks and equipments have faced similar situations. Municipal authorities have always had a hard time to maintain public spaces and public goods. Citizen culture in Quito - and in Ecuador in general - has many problems.

Good ideas can be imported. Culture - citizen culture - cannot. It must be built in every place. How do people learn to value public goods and take care of them? What type of information, education and example are necessary at home, in schools, at work, through the media and the political system?

To learn more
Nueve máquinas para ejercitarse al aire libre, El Comercio, 11 agosto 2011
Parques se vuelven gimnasios, La Hora, 25 marzo 2012
68 parques de Quito ya tienen los gimnasios al aire libre, El Comercio, 19 junio 2012
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Un pacto con el maestro Marco López

 
Rosa María Torres
Ministra de Educación y Culturas

Quito, 31 mayo, 2003

Conocí al maestro Marco López en la Cima de la Libertad, el pasado sábado 24 de mayo. El y yo habíamos llegado al lugar temprano, por la misma razón: asistir al acto de conmemoración de la gesta libertaria del 24 de mayo, acto solemne con la presencia del Presidente de la República, el gabinete y otras autoridades, las Fuerzas Armadas, entre otros. Yo estaba allí como Ministra de Estado, cumpliendo con un compromiso gubernamental; él había llegado allí porque “me gustan estos actos”, motivado por un sentido patriótico inculcado por un padre militar, y - agrego yo – alimentado por su propia vocación de maestro.

Terminado el acto, cuando ya casi todos, invitados y periodistas, se habían ido, él se me acercó, tímido, inseguro, pidiendo disculpas por el atrevimiento, y me pidió que interceda a fin de que se eleven los salarios del magisterio y se termine cuanto antes el paro. Le expliqué, por mi parte, lo que he venido haciendo y lo que todo maestro de este país debería saber a estas alturas: que el Ministerio de Educación es uno de los más mal pagados y más pobres de todo el Estado, que no decide sobre el presupuesto educativo ni sobre cuánto ganan los maestros, ni siquiera sobre cuándo cobran. Que todo esto lo decide, lo viene decidiendo desde hace muchos años, el Ministerio de las Platas. Y que mi papel es luchar, junto con los maestros, los padres de familia, los alumnos, la sociedad toda, a fin de que el Ministerio de las Platas, los demás ministerios, el Presidente de la República, el Congreso Nacional, asuman de una vez por todas que la educación es la inversión más importante que puede hacer un país para salir del atraso, de la pobreza, de la dependencia externa.  

Superada la timidez inicial, empezamos a conversar. Supe que es profesor en la escuela Rosa Zárate, ubicada en San Roque, en Quito. Vive en Toctiuco Alto. Recibe 180 dólares mensuales. Es casado y tiene un hijito. Le habría gustado venir ahora con su mujer, pero no les alcanzaba para el pasaje de bus. Ella se quedó, pues, con el guagua, y él se tomó el bus con los últimos centavos, para llegar, a tiempo, jadeando el último tramo, hasta la Cima de la Libertad. Está pensando dejar el magisterio y buscar empleo en alguna otra cosa, pues la situación económica ya no da para más. Su mujer hace costura y aporta algo al ingreso del hogar. No quisiera hacerlo, pues le gusta enseñar, le gusta ser maestra, y le entusiasma hacer algo por sus alumnos, de familias pobres, pero la situación económica ya no da para más.

Todo esto me va contando mientras vamos en el auto ministerial, pues me ofrecí a llevarle a su casa, en Toctiuco Alto, allá arriba, serpenteando calles angostas, de piedra, y serpenteando la pobreza de los barrios empinados de Quito. Llegamos. El auto no puede subir más, él debe subir una cuadra más a pie. Me pide, acholado, que le espere un ratito, que quisiera presentarme a su mujer y a su hijito. En un rato regresa, agitado. La mujer carga al guagua, un guagua lindo, gordito, con ojos brillantes, arropado de pies a cabeza. Tiene un año y medio. La ilusión del maestro es que yo le cargue, pero el niño no se deja. Sin saber cómo halagarme, va y viene de la tienda de la esquina comprándome una Fioravanti con vaso de plástico.

“Es la Ministra de Educación”, decía eufórico a los vecinos que salían a husmear. Entre ellas, una señora que resultó ser la conserje del centro infantil que está frente a la tienda, y que pidió si me lo podía enseñar. Un centro bien equipado, amplio, moderno, que contrasta con la pobreza del barrio. Ni el maestro Marco ni su mujer han entrado jamás  al centro. Aquí irá seguramente Marquito cuando cumpla dos años. Pienso que está en mi poder emitir un acuerdo que establezca que los hijos e hijas de los maestros tengan prioridad para ser admitidos en estos centros infantiles. Como Ministra tengo poco dinero y poco poder sobre el Ministerio de las Platas, pero tengo la posibilidad de hacer cosas como éstas, que permitan mejorar la calidad de vida de los maestros y de sus hijos.

La mujer arranca en llanto. Le pregunto por qué llora y me dice que de la emoción. “Parece un sueño”, dice, haber hablado con una Ministra.

Me despido de todos. Ya desde el auto, abro la ventana y le pido nuevamente al maestro Marco que no deje el magisterio, que siga adelante, que no pierda la fe. El me dice que no renunciará. Y me pide que yo tampoco renuncie. Le acepto el desafío.

Tengo, pues, un pacto con el maestro Marco López, que es en verdad un pacto con todos los maestros y maestras de este país, con los niños, los jóvenes y los adultos deseosos de aprender, con la escuela pública y con la sociedad ecuatoriana. Desde el Ministerio ahora, desde el llano antes y después, no cejaré en mi empeño por cambiar la educación, por recuperar la dignidad y la esperanza de los pobres en una educación que les prepare para un futuro mejor.


Madres educadoras (Una ceremonia de graduación en un jardín de infantes)



Sábado tarde. Estamos aquí, en esta pequeña localidad rural de San Juan de Morán, para asistir a la ceremonia de graduación de los niños del jardín de infantes. Es un jardín de infan­tes “no-convencional”, parte del Programa Madre-Maestra del Ministerio de Educación del Ecuador, iniciado en 1988 con apoyo de UNICEF. Programas como éste han proliferado en América Latina, a cargo de Ministerios de Bienestar Social, de la Familia, etc., muchas veces con UNICEF detrás. Modelos familiares y comunitarios, no institucionales, de atención a los niños pequeños, con las madres como protagonistas. (Ver, por ejemplo: Las madres comunitarias, clave para las zonas más vulnerables de Colombia, Laura Sancho Torné, El País, 4 mayo 2015).

Están presentes los niños, las tres madres-­maestras que les a­tienden, la maestra que coordina el programa y las apoya a ellas, los padres de familia, la presidenta del comité barrial, la reina y la ex-reina del barrio, y nosotros, los invitados del Mini­sterio y de UNICEF. Dos perros calle­jeros nos acompañan también en el acto, moviéndose silenciosamen­te de arriba a abajo por el salón.

El jardín de infantes no tiene local propio. Funciona en la casa barrial. Los niños y sus maestras pasan aquí de lunes a viernes, de 8 a 12 de la maña­na. Los viernes al mediodía, niños y madres recogen todo y se lo llevan a sus casas, y lo vuelven a traer el lunes, pues el fin de semana el local se utiliza para actos culturales, asambleas y fiestas de la comunidad. 

Todos han venido con sus mejores atuendos. Las niñas lucen vestidos de tul, golas, diademas y lazos en el pelo, medias con florcitas de colores, medallas y cadenas de oro. Los niños, camisas de manga larga, corbatas de lazo, zapatos de charol, pantalones de casi­mir. Algunas niñas están ataviadas con vestidos vaporosos, trajes largos, bordados y enca­jes; otras, al último grito de la moda, con minifaldas apreta­das, mallas de lana, copetes y peinados alborota­dos, botas.

La mayoría de los padres de familia presentes son madres, y la mayoría de ellas son madres jóvenes. Las hay mestizas y morenas. Las hay vestidas a la usanza criolla, con atuendos típicos y trenzas, y las hay modernas, con minifaldas, blue jeans, tacos altos. Solo hay tres hombres. El resto son niños, sin duda hermanos de los alumnos, que corretean o bien duermen o lactan en brazos de sus mamás.

La casa-aula comunitaria

El salón es un galpón grande, hecho de material prefabricado, con techo alto y armazón de metal, piso de cemento pintado de rojo, y grandes ventanales en ambos costados. Muchos vidrios e­stán rotos. Hay buena iluminación y venti­lación.

No hay divisiones internas, pero el espacio está dividi­do en dos partes, con un pizarrón ubicado en cada extremo. Un lado del salón ha sido ocupado por el jardín de infantes; el otro lado está bastante descuidado, con sobras de material de construcción arrumado en el suelo, con las pare­des semidesnudas.

A pesar de la pobreza, se ven las ganas y el esmero por man­tener esto bonito, arre­glado, agradable para los ni­ños. Pequeñas macetas de plan­tas, láminas y estampas coloridas, recortes de revistas, co­razones, dibujos, un gato amarillo de cerámica, collares de cuen­tas, guirnaldas de papel crepé, mazor­cas de maíz seco, salpican el espacio adornando los vidrios, el bor­dillo de las ventanas, las paredes, el pizarrón. 

Las mesas de los niños son rústicas; las sillas, igual. Algunos están sentados en troncos de árbol, a falta de sillas. En la pared del costado está pegada una tira de madera larga y delgada que sirve de perchero para las bolsas de aseo de los niños, bolsas plás­ticas dentro de las cuales puede adivinarse una peque­ña toalla, acaso ni siquiera un jabón.

Las repisas consisten en una tabla de madera sujeta con un clavo y una piola. Sobre las repisas, revistas que sin duda sirven para recortar. Al costado izquierdo del pizarrón, el boti­quín. Al costado derecho un perchero de cartón encima del cual pue­de leer­se ASEO. Debajo, a altura de niños, un pe­queño espejo.

La sabatina escolar

Los niños han sido agrupados formando un semicírculo con sus me­sas y sillas de cara al pizarrón. Los adul­tos están sentados atrás, en bancas de iglesia seguramente prestadas para la ocasión. A los invitados especiales, las autoridades y las reinas locales nos han reservado la primera banca.

Beatriz, la coordinadora del programa y la maestra a cargo de estas madres-maestras, da la bienvenida y hace la presentación del acto de clausura del año escolar:

- "Este es un trabajo de hormiguitas que hemos venido ha­ciendo día a día. No estamos en una exhibición. Solo que­remos enseñarles lo que se ha hecho con los niños. Pido un gran aplauso para mis madres-maestras".

Las aplaudidas son tres mujeres muy jóvenes, madres de algunos niños y maestras de todos ellos. Madres que asumen el papel de maestras con una primaria completa y un curso de capacitación. Madres-maestras que trabajan todos los días, con horario y obligaciones, sin que se les pague un centavo. Por la pura volun­tad, por la pura solidaridad, por el puro amor a los niños.

Los ni­ños tienen entre 4 y 6 años. La mayoría mestizos, tres de ellos morenos. La mayo­ría inquietos, despiertos, activos, parlanchines.

Empieza el acto la primera madre-maestra. Reparte a los niños un peda­zo de lana roja y les da sucesivamente la instrucción de que se la coloquen arriba, abajo, al frente y atrás.

Ahora, ¿quién puede hacer un círculo? Los niños ponen la tira de lana en la mesa y tratan de hacer un círculo.

¿Quién puede hacer un cuadrado?. Los niños intentan el cuadrado. Y luego el triángulo. Y después el gusanito. Ahora deben guardar al gusanito en el bolsillo.

- "Yo no tengo bolsillo", dice uno.
- "Si quieres, yo te presto el mío".
- "¿Quién tiene un bolsillo grande?", grita uno parado en su silla.

Ahora a levantar la mano derecha, a agarrarse la oreja derecha, la rodilla derecha, el hombro derecho, el pie derecho. Ahora todo igual, pero del lado izquierdo. Ahora subir las dos manos, jun­tarlas, aplaudir.

Ahora van a cantar “Yo tengo una mano derecha”. El "canto" consiste en corear a grito pelado
Yo tengo una mano derecha
y sabe coger la cuchara
y sabe coger lapicitos
para hacer los dibujitos
mi mano derecha
mi mano izquierda
son dos manitos
que yo tengo para trabajar
manitos limpias
que yo tengo.

Son niños muy cola­boradores. Se comportan con sol­tura, espontá­nea­mente. No parecen actuar para los visitan­tes. Por el contrario, casi sor­prende ver que no tienen en cuenta al público. Siguen hablando y moviéndose a sus anchas, como si estu­vieran solos.

Los números

Ahora le toca el turno a la segunda madre-maestra. Pide a los ni­ños que, uno por uno, pasen a identificar, en un conjunto de tar­jetas, los números que ella va nombrando. Luego de identificarlo, el niño o niña debe colocar la tarjeta en la piza­rra, donde está dibujada una escalera con una grada para cada número.

La mayoría de niños quiere pasar a la piza­rra. "Yo, señorita" se escucha constantemente.

Luego dibujan dentro de cada grada el conjunto de ob­jetos que corresponde al respectivo número.

Empiezo a fijarme inevitablemente en Cosme, un niño inquieto como ninguno, disfrazado de señor para la ceremonia, que no deja de ha­blar, moverse y molestar a los otros. Ahora mismo ha pro­cedido a acos­tarse sobre su silla-pupitre. Se da cuenta de que le estoy observando y se anticipa:

- "Me voy a caer. Pero no me voy a caer durísimo, porque aquisito nomás está el suelo".

Una niña morena chiquita, sin duda hermana menor de uno de ellos, empieza a llorar estrepitosamente. La mamá tiene que tomarla en brazos y sacarla a llorar afuera. 

Ahora empiezan a cantar “Un elefante se balancea”. Como los demás "cantos", a todo pulmón, sin melodía, a gritos.

Leer y escribir

Sin pausa entre una y otra, empieza la tercera madre-maes­tra. Todo está sincronizado. Una actividad sigue a otra, una maestra a otra. Los niños no paran de hacer, bombardeados de instrucciones. Ritmo de sabatina escolar. Ritmo de maestras nerviosas. Ritmo de padres de familia que quieren ver los resultados de todo un año escolar. Pero, ¿qué pasa con el ritmo, los deseos y las necesidades de los niños?

¿Quieren cantar?, les pregunta la maestra. Todos, a rabiar, responden que sí. Lo que "cantan" esta vez es “Paco Perico”. 

- "Vamos a suponer que por esa puerta entró un duende pe­queñito y le puso pega al piso. Ustedes están pegados, no pueden moverse. Lo único que pueden mover es el cuerpo. Vamos a movernos", instruye la madre-maestra.

Los niños empiezan a mover la cabeza, los brazos, la cintura, los hom­bros, primero rápido, después despacio, nuevamente rápido, nueva­mente despacio.

- "Ahora nos vamos a volver enanitos", y los niños se agachan.
- "Ahora nos vamos a volver gigantes", y los niños se levantan y se estiran.

Acabada la calistenia, viene el momento de la "lectura". La maes­tra empieza a sacar unas tarjetas con dibujos y pide a los niños que digan lo que representan y que, acto seguido, hagan lo que se dice en ellas.

¡CAMINAR!                   (Y empiezan todos los niños a caminar)
¡VOLAR!                        (Y hacen como si vuelan)
¡PARARSE!                   (Y se paran)
¡SALTAR!                       (Y saltan)
¡CORRER!                     (Y corren)

Ahora viene otro tipo de tarjetas que ya no representan acciones (verbos) sino objetos, ilustrados con láminas recortadas de re­vistas.

¡NIÑOS!                      
¡RIO!
¡ARBOLES!

- "William, ven aquí y léeme lo que dice en esta oración". La maestra le presenta, en este orden, las tarjetas de NIÑOS, CORRER y RIO.

- "Los niños corren al río", contesta William.

Ahora pasa Wilmer, a quien le enseña las tarjetas de PAJARO, VOLAR y ARBOLES.

- "El pájaro vuela al árbol", hilvana Wilmer.

Luego, con el mismo procedimiento, continúa el descifrado en coro, construyendo otras oraciones a partir de otras tarjetas.

Ahora viene una actividad de recortado y pegado. La maestra re­parte a cada niño una hoja recortada de revista. Les pide que muevan las hojas para hacer ruido, que se las pongan encima de la cabeza, que se sienten sobre ellas, que las pongan debajo del asiento y, finalmente, que las corten en tiritas. Ahora que las han corta­do, van a hacer una figura de una persona y van a pegar la figura en una hoja blanca que empieza a repartir a todos.

Los niños no paran de trabajar un segundo. No bien acaban de re­cortar, empiezan a pegar, algunos con saliva, sin esperar que pase la maestra con el tarro de la pega. 

Cosme y Janeth, seis años, apenas empiezan a pegar cuan­do la maestra empieza a preguntar quién acabó. Me acerco a ver lo que hacen ambos. Cosme me informa, sin que nadie le pregunte:

- "A mí me van a poner en la escuela".
- ¿Cuándo?
- "El otro día".
- ¿Esto no es una escuela?
- "No, es un jardín”.
- "Se llama Jardín No-Convencional San José de Morán", completa Armando, un niño de 4 años que está al lado, hijo de una de las madres-maestras, con evidentes dificultades para pronunciar el “no-convencional”.
- ¿Qué quiere decir “no-convencional”?, le pregunto.
- "Es el apellido del jardín", me dice sin titubear.

Sin que nadie les pida, ya como parte de la rutina de trabajo, los niños empiezan a escribir su nombre en la parte inferior de la hoja. Con lápices pequeñitos, mochos, se las arreglan. Terminada la figura y escrito el respectivo nombre, cada niño va levantándose a regalar su obra a su papá o mamá.

Janeth escribe lentamente su nombre:

J A N E H T  C A L D R N

Le pido que me lea lo que ha escrito.

- "Ahí dice Janeth Eliza­beth Calderón", me responde, mien­tras recorre con su dedito de izquierda a derecha lo que ha escrito, tratando de llegar a la N final cuando termina de pronunciar su nombre completo. 

Le pido que me indique dónde dice Elizabeth. Me señala la primera palabra y luego, dudosa, la segunda. Le informo que en la primera dice solo JANETH y en la segunda CALDERON.

- "¿Y dónde está ELIZABETH?", me pregunta desconcertada.

Le digo que no está ahí, que debería estar en el medio, que debería haber tres palabras y no dos.

- "Pero yo sí me llamo ELIZABETH", confirma.
- "Pero ahí no está", le insisto.
- "No sé. Yo sí lo puse".

Cuánto bien haría a estas maestras y madre-maestras saber más acer­ca de có­mo aprenden los niños a leer y escribir. No sólo para ayu­darles a aprender mejor, sino para compren­der los razo­namientos y la lógi­ca que están detrás de una conver­sación co­mo la que acabo de sostener con Janeth, y las mil y un situacio­nes similares que se presentan todos los días con niños que empiezan a familiarizarse con la lectura y la escritu­ra...

Ahora, para cerrar la sabatina, entra en acción Beatriz. Les pi­de a los niños que se acerquen, se tomen las manos y formen un círculo. 

- "Hoy he venido muy loquita. Todos nos vamos a equivocar. Todos nos tocamos el popó", les dice Beatriz y se toca la cabeza, mientras los niños se tocan lo que corresponde, riendo a carcajadas, entre nerviosos y diver­tidos. También los padres de familia se ríen.

- "Ahora nos vamos a tocar los ojos", y se toca las orejas, mientras los niños automáticamente se lle­van las manos a los ojos. Y vuelven a reírse de la situa­ción, del absurdo, de la instrucción equivocada, de su posi­bilidad de corregir a un adulto.

- "Fíjense que yo me fui donde un panadero y le dije que por favor me hiciera un vestido".

- "!Nooooooooo¡", corean y se mueren de risa los niños. Y le gritan una y otra vez que hay que ir donde un sastre.

- "Le pedí hace unos días a un mecánico que me hiciera unos zapatos".

- "!Nooooooooo¡", corrigen los niños. Y recomiendan al zapatero.

- "Yo tenía una vez una vaca que me daba unos huevos bien grandes", sigue Beatriz. "Yo tenía un borrego que volaba".

Esta última, sencilla y entretenida, es una actividad diferen­te. Los niños no siguen simplemente instrucciones. Más bien, a­prenden que las instrucciones pueden ser equivocadas, aprenden a pensar antes de actuar, a darse cuenta de que ellos saben muchas cosas, a saber que los adultos pueden no siempre tener la razón.

Y, con el "canto" de “Un conejito muy picarón” termina la sabatina. Se anuncia que los niños deben salir afuera un momento para arreglar el escenario y proceder a la ceremonia formal de gradua­ción.

La ceremonia de graduación
                                                                             
Llega la hora de la ceremonia de graduación de los niños que terminan el jardín de infantes. La animadora, una de las madres-maestras, empieza dando lectura al programa.

Primero: Entrada de los niños Entran los niños, haciendo un tren. Se acomodan en las mismas si­llas, esta vez sin mesas delante y en semicírculo, dando la cara al público. 

Segundo: Himno Nacional del Ecuador Un, dos, tres. Los niños "cantan" el himno, ensordeciendo a to­dos y a sí mismos. Los adultos parecen disfrutar el griterío, como se disfruta todo lo que hacen los niños, to­do lo que hacen los propios hijos. Pero no puedo dejar de pen­sar en este hacer de la confusión entre música y ruido, entre cantar y gritar, una rutina. Una buena educación musical es algo que, sin duda, hace falta en todo jardín de infantes y algo que debería ser parte de la formación de toda educadora parvularia.

Tercero: Palabras de bienvenida por parte de una madre-maestra La última madre-maestra que trabajó con los niños da una cordial bienvenida a los asistentes, agradeciendo su pre­sencia.

Cuarto: Palabras del Presidente de los Padres de Familia 
- "Señores, muy buenas tardes. Me hago presente aquí para dar agradecimiento a las señoras profesoras y a la coor­dinadora. Agradezco infinitamente. Y eso es todo. Les agradezco bastante", dice un padre joven.

Quinto: Palabras de la Presidenta de San José de Morán Empieza nombrando a las autoridades y visitas presentes, y luego lee un discurso que habla sobre la importancia de la educación, desde la antigüedad hasta nuestros días. Pide apoyo del Ministe­rio de Educación y UNICEF para el jar­dín, para construir un local propio, sobre todo ahora que se han unido los 16 barrios y aumen­tará la demanda sobre el jardín. Pide a los padres concien­cia de unión, y termina felicitando a los niños, deseándo­les que sean buenos alumnos en la escuela.

Sexto: Ronda por parte de los niños  Divididos los "varoncitos aquí" y las "mujercitas acá", los niños gritan una ronda que habla del coqueteo entre una gata y un gato.

Séptimo: Palabras de la Reina de la comunidad  Imposible oír lo que dice la muchacha, pues aparte de que ha subido el volumen de ruido que hacen los niños, Cosme ha pegado a Armando y éste ha empezado a llorar desconsoladamente.

Octavo: Palabras de la señora Rosa en representación de las madres-maestras de San José del Condado  Dos madres-maestras de otro jardín de infantes y de otro sector, San José del Condado, han sido invitadas por las madres-maestras de este sector a la ceremonia de graduación. Imposible prestar atención a lo que dice la señora Rosa, pues Ar­mando sigue llorando a brazo partido, sin que tengan ningún efec­to los consuelos y mimos de la mamá. Todos estamos pendientes del niño. Nadie parece estar dispuesto a poner fin a la situación, sa­cando al niño afuera o, por último, suspendiendo por un momento el acto.

En esas condiciones, es poco lo que alcanzo a oírle.

- "Los choferes nos ven con niños y no nos traen. Necesita­mos que nos apoyen para el transporte [...] Por no tener lo­cal se nos ha hecho muy duro el trabajo [...] Ha habido veces que nos ha tocado trabajar en la in­temperie, en el agua, en el frío [...] Muchos niños se han retirado por estos pro­blemas, la mitad [...] En el resto del país sabemos que tam­bién hay madres-maestras y quisiéramos que nos lleva­ran a co­nocer cómo es allá, cómo trabajan ellas, o sea una pasan­tía".

Ahora habla Fabiola, la otra madre-maestra invitada.

- "Nosotras hemos aprendido junto con los niños. Al prin­cipio éramos tímidas, al igual que ellos [...] No tenemos dónde trabajar. En nuestras casas somos pobres y no tenemos facilidades. Los dueños de casa se molestan. Los padres de familia les retiran".

Noveno: Entrega de diplomas a los niños  Son 14 niños los que se gradúan. Se aclara que la madre-maestra respectiva va a entregar a cada niño el diploma, mientras el padre o la madre le pondrán la capa y la museta. Capa y museta son de satín brillante, en colores rojo y azul. Entra de inmediato un fotó­grafo en escena.

NELLY LUCIA SIMBAÑA

- "Nelly Simbaña que nunca se baña", se le oye decir a Cosme, rápidamente reprimido por su madre-maestra.

Pasa la madre, le pone la capa y la museta. Se toman la foto: las dos mujeres a los costados y la niña en el medio, sos­teniendo el diploma de cara a la cámara. Las tres sonrientes.

MAYRA ELIZABETH CONDOR

- "¿Cómo se pone esto?", pregunta ner­viosa la mamá, que no atina con el broche de la capa.

MARCIA CRISTINA SIMBAÑA

El fotógrafo pregunta a cada madre si quiere la foto, pero se a­presta a tomarla antes de preguntar. Sabe que ninguna dirá que no. Es parte del negocio. Esta es una ceremonia muy importante y, por tanto, una foto muy importante, para cada una de ellas.

Los aplausos no se dan en el momento de entrega del diploma sino después de la foto.

JENNY ROCIO RIVERA

Ninguna mamá felicita, abraza o besa al hijo o hija. Eso sí, les arreglan el pelo, les acicalan la ropa antes de la foto. Después de la foto, agarran el diploma para tenerlo ellas a buen recaudo.

MILTON FERNANDO CARRERA

Primer papá que pasa adelante. Antes de acercarse al hijo, saluda y da la mano a cada una de las madres-maestras.

WILMER JAVIER FLORES

La mamá entra en apuros para cerrarle la bragueta, pide al fotó­grafo que espere para la foto.

WILLIAM NARVAEZ MENDEZ

El niño empieza a ponerse en pose y sonreír para la foto desde el momento mismo en que le nombran, mientras la maestra le entrega el diploma y la mamá le pone la capa. Imagino la sonrisa congela­da que quedará para siempre recordando esta ceremonia en la foto.

BYRON DARIO JUMBO JUMBO

Pasan papá y mamá. El papá, Presidente de los Padres de Familia, se coloca de inmediato junto al hijo para la foto. La mamá, entre tanto, le acomoda la camisa y le limpia la nariz. Luego, vuelve a su asiento. Habiendo un solo lugar en la foto para padres de fa­milia, el papá asume que el lugar es naturalmen­te suyo.  

COSME ROMAN ENRIQUEZ JATIVA

- "Este es un diablo", me ratifica la madre-maestra a mi lado.

Pasa la mamá, una mujer joven, de apariencia moderna y juvenil. Me dicen que es obrera en una fábrica. Después de la foto, se queda junto con el hijo, sentada en su silla, conversando con él. No vuelve a su asiento de madre de familia.

DIEGO LIZANDRO MINDA

Mientras están en la foto de Diego, la mamá de Mayra se acerca adelante a reclamar: en el diploma dice Mayra Elizabeth y es Mayra Mari­sol. Beatriz le dice que ya lo van a arre­glar.

CRISTIAN CONCHA GONZALEZ

- "Cristian Concha, melcocha", dice en voz alta Cosme. Y vuelve a ser reprimido.

WILLIAM CAZAR CADENA

JANETH CALDERON ORTIZ

MARCELA TATIANA PALLO

- "Un aplauso para nuestros graduados", pide finalmente Beatriz, la coordinadora.

Ahora, empieza la entrega de diplomas a los niños más pequeños, los que se quedan todavía en el jardín.

Décimo: Entrega de presentes a las madres-maestras por los padres de familia  Una madre de familia entrega a las tres madres-maestras y a Beatriz, la coordinadora, unos pequeños regalitos, con unas palabras de agradecimiento "por lo que se han esforzado para que nuestros niños se eduquen". Ya no es solo ruido lo que cunde en el salón sino franco desorden y desbandada.

Décimoprimero: Recitación "Vacación" por parte de los niños

Vaca vaca vaca
vaca vacación
terminaron las tareas
tengo lista la cometa
la pelota y el avión
mañana ya no vengo
adiós, adiós, adiós.

Décimosegundo: Brindis Una copa de Champagne Gran Duval, canguil (palomitas, pochoclo) y un pan con queso se ofrecen a todos los adultos presentes. Luego viene la tertulia informal.

Niños y padres empiezan a irse. El salón va vaciándose. Cada familia recoge su caja de cartón con los trabajos manuales hechos por el hijo o hija durante el año, así como la respectiva mesa y silla, que van cargando a cuestas mientras trepan a paso lento por la cuesta de tierra que da al parque princi­pal del pueblo.

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