Dinosaurios en la universidad



Rosa María Torres

Cuando cursaba el quinto y último año de la Licenciatura en Ciencias de la Educación, en la Universidad Central del Ecuador, tuve una profesora a quien, aquí, para los fines del caso, llamaremos la Doctora N. Su clase era una de las más odio­sas y tediosas: no bien entrábamos al aula empe­zaba un monótono dictado, acorazado frente a la bulla, el aburrimiento de los estu­diantes y las normas más elementales de la pedago­gía.

Dicta­ba de un cuaderno espiral desvencijado, por el cual habían pasado seguramente generaciones de estudiantes, hoy profeso­res. El cuaderno tenía en la carátula un paisaje recor­tado de al­guna revista y estaba recubierto de un plástico azul que, con el uso, se había vuelto verdoso. Una compañera y yo muchas ve­ces fanta­seamos con la idea de hacer desaparecer el cua­derno, pero jamás nos animamos, básicamente por razones humani­tarias. ¿Qué habría hecho la Doctora N sin él?. Habría equivalido a despojarla de su herramienta fundamental de traba­jo.

Dictaba lentamente, palabra por palabra, anticipando cambios de color de tinta del bolígrafo para destacar los títulos, detallando comas, pun­tos y co­mas, puntos seguidos y puntos aparte, haciendo las debi­das pausas para asegurarse que nosotros, la mayoría recién salidos del colegio y flamantes estudiantes universita­rios, no nos quejáramos de la prisa y tuviéramos nuestros apuntes uniformes y prolijos.

Debo decir que le debo a la Doctora N y a su clase muchas de las mejores lecturas que hice ese año. Sentada en la última fila, debajo del pupitre, mientras simulaba tomar el dictado, a­proveché para leer cosas que realmente me interesaban.

Al acercarse el fin del semestre y los ajetreos de la tesis y el grado, la Doctora N nos informó que una condición para presentarse al examen final de su materia era entregarle el cua­derno de apuntes al día. Anotó en la pizarra algunas instruc­cio­nes: cuaderno espiral de 100 hojas, forro de papel con membrete y protegido con plástico, títulos en rojo y subrayados, una línea libre antes y después del título, fecha al inicio de cada clase, nuevo tema en nueva pági­na, etc, etc.

No recuerdo el tiempo que me tomó hacer la tarea, pero sí recuerdo haber experimentado, junto al disgusto y la sen­sación de ridículo, un sentimiento de haber vuelto a la infancia. ­A tono con la nostalgia escolar, hice un lindo dibujo a colores en la primera hoja y hasta pegué el cromo de un osito. Pude, así, presentarme al examen y, más adelante, hacer la tesis y graduarme de Licenciada en Ciencias de la Educación.

Esto fue hace varios años. El otro día, mientras tomaba un café en una cafetería cercana a la Universidad, ví detenerse frente a la ventana un cuaderno espiral con paisaje, envuelto en plástico azul-verdoso-amarillento. Inconfundible. Lo lleva­ba a cuestas la mismísima Doctora N, más deteriorada que enton­ces, al igual que su cuaderno, dirigiéndose a paso firme hacia la Universidad.

Afortunadamente yo era muy joven, venía de un buen colegio, tenía una mamá incondicional, era gran lectora, seguí estudiando otra licenciatura y un doctorado, y pude salvarme. Cuando me preguntan dónde aprendí lo que sé de Educación, no dudo en afirmar que lo aprendí y sigo aprendiendo en el trabajo, en el contacto con la gente, haciendo, enseñando, investigando, viajando, observando, debatiendo, asesorando, leyendo, escribiendo.

No se puede esperar docentes de calidad mientras en las universidades siguen enquistados profesores y pedagogías antediluvianos que ahuyentan, antes que atraen, a las mejores mentes y a las mejores vocaciones. Investigaciones en muchas partes del mundo muestran que a institutos y facultades de educación van a parar a menudo profesores poco calificados, o con títulos de pacotilla, y estudiantes que no quieren o no pueden ingresar a carreras más exigentes. Sabemos, también, que muchos estudiantes de Pedagogía, que ingresan motivados, se desaniman y sueltan la toalla en los dos primeros años de la carrera.

Nada de esto se remedia con cursos y cursillos a posteriori. Una capacitación docente en servicio y en pastilla, viciada por el credencialismo, no puede suplir los déficits de una mala formación inicial. Es aquí donde se juega, para la mayoría, la posibilidad de reafirmar (o no) la elección y de atisbar (o no) el privilegio y la responsabilidad que significa ser un/a buen docente y la maravilla que puede ser la Educación.

* Publicado originalmente en: Revista Familia, El Comercio, Quito, 26/08/90

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