No hay errores metodológicos; son errores ideológicos

Rosa María Torres



"No hay errores metodológicos; son errores ideológicos". Cuando leí por primera vez esta cita de Paulo Freire, fue un boquete de claridad. Y me vuelve a la mente muchas veces, frente a situaciones educativas, escolares, comunicacionales, de la vida cotidiana.

Ciertamente: quienes pretenden formar docentes poniendo en el centro títulos, métodos, técnicas, sin penetrar en saberes, creencias, prejuicios, valores, actitudes, apenas llegan a rozar la coraza exterior. O quienes pretenden remozar políticas y políticos. Si uno rasca un poco, el tufo ideológico puede ser mucho más fuerte que el de autores o métodos añejos. Hay que remover la tierra para sembrar la semilla.

El desprecio por los niños, por su saber, su palabra, su curiosidad, su imaginación y su capacidad natural para aprender, no se supera con talleres sobre la importancia del juego. La incomprensión de la infancia sigue siendo fenomenal entre padres de familia, maestros, políticos, adultos en general. Usar 'infantil' como insulto es una de tantas muestras del irrespeto hacia los niños y sus derechos.

El trato discriminatorio, hostil o condescendiente hacia niñas y mujeres no proviene del sótano de la mala pedagogía. Proviene en primer lugar del machismo que asola a nuestras sociedades, en el hogar, en el sistema escolar, en el lugar de trabajo, en la participación social, en la cultura política. Mientras no lo encaremos de frente y de raíz, no habrán dispositivos de "equidad de género" que funcionen de verdad.

Al maestro o maestra que trata a un estudiante indígena como a un retardado mental, no le falta actualización pedagógica. Lo que le falta, fundamentalmente, es conocimiento, respeto y empatía respecto del mundo indígena, sus lenguas, culturas y saberes. Lidiar con el racismo implica combatirlo no solo en el ámbito escolar sino en el social y en el político. No basta con ofrecer algo llamado "educación intercultural" o pulir métodos y técnicas de enseñanza.

La desatención y el maltrato hacia las personas mayores tiene una fuerte dosis de ignorancia y de prejuicio en torno a la edad. Los modelos de trato a los viejos se forjan primordialmente en la familia y las relaciones familiares. Igual que el trato hacia las personas con algún tipo de discapacidad.

La dificultad de los maestros para incorporar a las familias y a la comunidad no solo a la vida escolar sino a la cultura pedagógica tiene una larga historia y muchas explicaciones. La retórica del cambio no alcanza para romper con la imagen del maestro autosuficiente, de la escuela-bunker, del conocimiento como monopolio escolar.

El desprecio hacia los maestros/docentes /educadores no se camufla con talleres de capacitación, con becas, incentivos, aumentos de sueldo. No puede esperarse grandes cosas de los maestros si siguen siendo vistos como una profesión devaluada y un oficio rutinario, como sujetos subordinados que no merecen valoración ni autonomía ni confianza. Sigue siendo sorprendente la ignorancia social en torno a las complejidades de la enseñanza y del aprendizaje. 

"Poner al alumno en el centro" se dice fácil pero se hace muy difícil. Porque contraría la ideología que coloca al adulto por encima del niño, al docente por encima del alumno, al que "sabe" por encima del que "no sabe", a la enseñanza sobre el aprendizaje. El paso "del profesor al facilitador" es un auténtico harakiri y por eso asombra la simpleza con que suele manejarse, como si fuese asunto de decálogos, consignas, pasos metodológicos.

El uso de imágenes inadecuadas revela problemas ideológicos, no solamente de ilustración o diseño gráfico. Niños latinoamericanos con cabellos rubios, niños asiáticos con ojos redondos, niños africanos con narices respingadas abundan en los textos escolares, en la televisión y en internet, mientras se invisibiliza (o folcloriza) a minorías y mayorías étnicas que no corresponden al ideario social deseable.

El diálogo y la participación no se producen por decreto. Ni resultan de un breve taller o manual sobre métodos y técnicas. Implican cambios ideológicos, tomas de conciencia, renuncia, descentramiento, empatía, respeto, reconocimiento del otro como otro y de su importancia. Es difícil ser democrático y aprender a vivir en democracia.

La educación reducida a educación escolar, la idea de que el cambio educativo puede darse "de arriba a abajo" y "de afuera hacia adentro", que no es necesario que la gente participe, que más es mejor (más inversión, más tiempo, más pruebas, más capacitación, más títulos, etc.), que la evaluación automáticamente "mejora la calidad", que buen alumno es el que saca buenas notas, que lo que importa es cuánto se invierte, que hay que empezar la escuela cuanto antes, que escolarizado es lo mismo que educado, que el juego es solo para los niños pequeños, que enseñar es hablar y aprender repetir, que la repetición escolar está bien, que las tecnologías vendrán a resolver todos los problemas ... son algunas de tantas viejas y nuevas creencias resistentes a la investigación, al conocimiento científico, a la evidencia empírica y hasta al sentido común.

Combatir prejuicios y comportamientos violatorios de los derechos humanos, y quebrar sistemáticamente la vieja ideología educativa, es fundamental para construir una nueva pedagogía para una nueva educación.

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